domingo, 19 de abril de 2015

Cafés con arte

La foto del encabezado del post es de los cafés que nos pusieron ayer en “La Tiza” (Si quieres más instantáneas, clickea AQUÍ), punto de encuentro en el Centro Comercial de la Rosaleda, con ideas y presentaciones distintas, si bien lo mejor que recibí fue el trato de las personas que atendieron. Tentado estuve a dejar donación, pero ajustado andaba el presupuesto. ¿Donación he escrito? Perdona, quería decir propina pero con tantas nociones del Grado en Derecho en la cabeza, flipo en colores. No obstante, estudié en la disciplina Derecho Privado de los Contratos II que la propina es un supuesto especial y diferenciado de las donaciones, lo que se entiende por liberalidad de uso.

Consultando esta mañana los apuntes clave, la propina se trata de actos de liberalidad que no surgen de la voluntad espontánea y libre del donante sino de un uso o costumbre social, de imperativos sociales: así por ejemplo, los regalos de cumpleaños o de aniversario, regalos de costumbre en general. Se hacen por tradición y no quedan sujetos a las estrictas normas del contrato de donación por lo que: no serán revocables en los supuestos previstos por la ley; tampoco serán objeto de reducción; ni tampoco serían colacionables.

Entre las donaciones remuneratorias y las liberalidades de uso se encuentran las propinas en restaurantes, hoteles, viajes de crucero, etc. que realmente se hacen por costumbre e imperativo social, pero en cierto modo también viene a ser un acto de agradecimiento por el servicio prestado por esa persona, con independencia del propio pago del servicio. No estoy de acuerdo con lo anterior. Al menos en mi ámbito territorial de actuación para que mis coetáneos den una propina se tienen que dar los siguientes requisitos previos: que el servicio haya sido más que excelente, que se disponga de presupuesto suficiente y que verdaderamente se quiera dejar ese excedente retributivo.

Finalmente, un recuerdo a mis estancias en San Sebastián (Donostia) en las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado. Hace ya casi nueve años, en el post “La tregua”, te contaba las liberalidades que recibía de los clientes del restaurante donde trabajaba, como aquel directivo del Banco Guipuzcoano que me regaló una cartera con diez mil de las antiguas pesetas, para mis futuros estudios de Empresariales, dijo (premonitorio, el hombre), o los complementos que me daba el jefe-propietario al final de los veranos, para los estudios, también decía. En cuanto a las propinas diarias, conocidas como "bote", invertía una parte en los tebeos de Mortadelo y Filemón y Superlópez (ver “Hipotecarión” o “Libros en el velador”) y otra en alquilar una canoa con la que abordaba el puerto de la Isla de Santa Clara, a lo pirata (¡Ay! Marinero de secano - léase "Serranía de Ronda"-, "es lo que era").

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