martes, 23 de septiembre de 2014

Socio del club

El cimiento de la decencia, la honestidad y la moralidad no puede encontrarse en la resistencia y conservación como individuo, porque entonces sería quimérico amparar cualquier paradigma de humanidad, sociedad o, incluso, casta (término tan de moda en los ambientes políticos de mi país). Mientras ayer paseaba por el centro de Málaga (España), percibía la apatía moral de los transeúntes ante la solicitud de auxilio y refuerzo dibujada en las caras de otros peregrinos de la vida, que yacían en las bordes y aledaños o simplemente caminaban a triste ritmo distinto. 

En un momento, caí en la cuenta que con mi insensibilidad, que no observabilidad, también era socio de ese club de indiferencia ética, cayendo en el mismo fraude, al no tomar partido por un curso de acción determinado que beneficie al mundo que habito. Así que esta mañana, con la redacción de este post (granito de arena en la inmensidad) y con la duda de si es la forma correcta de hacerlo, he decidido tomar partido por esa moralidad que desterramos o que, en el fondo, nunca practicamos.

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