martes, 27 de agosto de 2019

Llegué a preguntarme si el pelo tenía alma

En relación a los perros, escribía Fernando Aramburo en el Mundo, "Ventajas de un alma con pelo". Utilizo este título para confesarte que de niño llegué a preguntar si el pelo (que no el "perro" de Fernando) tenía alma. Te cuento. Hace ya unos años, en el texto “En la bicicleta de tu ser”, relataba cuándo y cómo aprendí a montar en bici, en las huertas de Ronda (Málaga, España), al lado de la Cueva de El Gato. Tenía mi amigo una bici preciosa. Creo que su padre, emigrante, se la trajo de Alemania. Era pequeña pero con el diseño de una bicicleta grande, de las de antes. Una gozada. Horas y horas, en la era, después de una larga jornada de trilla, me explicaba cómo debía mantener el equilibrio, lanzándome una y otra vez desde un pequeño promontorio, en los aledaños del círculo de piedras. Empezaba a pedalear, me caía y ¡una vez más! Pues bien, ayer, transitando por calle Malpica, camino de calle Cuarteles (barrio El Perchel, de Málaga), observé en el escaparate de la Peluquería - Barbería José, una bicicleta idéntica a la que recuerdo aprendí a montar. Arriba te dejo una instantánea (para la foto le pedí permiso a José ¿o fue a Paco? Los dos se parecen). Fuente de las imágenes: elaboración propia. 
Al entrar en la barbería rememoré otros momentos, allá por los meses de septiembre de la infancia, coincidiendo con la Feria de Pedro Romero y la Goyesca, cuando me cortaban el pelo en aquel establecimiento ubicado en los bajos de la Plaza de Toros de Ronda (dejo link a una foto en flickr, cortesía de Juan Antonio Segal), así como el posterior picor en la espalda, proveniente de los pelillos cortados que lograban superar el mandil estratégicamente anudado al cuello del niño y adentrarse debajo de la camiseta. Pero entre feria y feria había otro suplicio mayor, el "toque barbero doméstico" de mantenimiento que de vez en cuando realizaba el progenitor, sentado en el umbral de la casa y manejando un artilugio "infernal", con formato de peine, que contenía unas cuchillas de las de afeitar y que, supuestamente, servía para "trasquilar" el cabello (porque "buen corte", como que no). Ese dolor consecuencia de los "desgarradores tironazos", hicieron pensar al impúber que el pelo era como la piel, por lo que si se cortaba, dolía. Creo que comprenderás mejor que llegara a preguntarme si el pelo tenía alma. Ahora mi cabello no es el de antes, pero de vez en cuando me gusta visitar establecimientos como el de José y poner mi cuero cabelludo (y algunos despistados pelos ¿sin alma? que todavía campean por la cabeza) en manos de buenos profesionales. Te dejo una foto de un corte de pelo que me hicieron de pequeño en la barbería de Ronda antes referenciada.