domingo, 17 de julio de 2016

El "niño perdío" llegó a la universidad

El "niño perdío" entre matas de habichuelas verdes; fuente: mvc
Puede que en algún rincón del granito de blogosfera, que desde finales de 2002 edito, se encuentre referenciado que la crisis del campo español de la década de los sesenta y setenta del siglo pasado, propició que “el niño perdío” (ver post ¡Ahí va el niño perdío!), aunque tarde, se incorporara a la escuela (ver “Máquina trituradora de niños”) y pudiera estudiar, porque si le hubiera ido bien a la familia en las explotaciones agrícolas que regentaban, “otro gallo habría cantado” y al niño le hubiera tocado lo que estuvo haciendo hasta los doce años, ayudar a su gente en las labores agrarias (ver “Pastor y porquero”). Así que soy un privilegiado. Ese “niño perdío” pudo recuperar el tiempo perdido en la Educación General Básica (EGB), superar parte de sus miedos y otros problemas (ver "El maltrato profesor-alumno") y llegar, incluso, a la universidad, a base de mucho sacrificio de su madre, de los trabajos en el verano (ver “La Tregua”) y de las, entonces, exiguas becas que la incipiente democracia española posibilitaba. Eran otros tiempos, lo sé, pero esta introducción viene porque hace unos días el querubín, después de interesarse por si estábamos ahorrando para cuando fuera a la universidad (le dije que bastante teníamos con atender hoy los deberes inherentes de la patria potestad, a lo que frunció el seño), me preguntó cuántas carreras había estudiado.

Me quedé unos segundos bloqueado, pensando en el por qué de la cuestión y en la respuesta que tenía que darle, puesto que a los niños hay que decirles la verdad y no quería ni equivocarme ni que la información fuera contraproducente. El caso es que tuve que darle unas vueltas, ya que en esta vida que nos ha tocado transitar, con el “reseteo” formativo continuo de las neuronas, es decir, ese reciclaje formativo perenne, da igual que tengas diez o setenta años, a veces pierdes el norte de los estudios. Me centré en los reglados y contabilicé al menos cuatro títulos universitarios, así que le contesté: “Tres o cuatro, pero ya ves de qué me sirven: justo llegamos a final de mes y poco más, puesto que seguir las directrices de Madre Teresa en mi profesión (ver “Aspiración”) es harto complicado” ¡Anda! respondió y luego se fue con sus artilugios tecnológicos, dejándome sumido en un mar de reflexiones y el por qué no había suficiente con estudiar una carrera, sino que he tenido que licenciarme en otras especialidades. Visto así, da la impresión que no tengo ni “pajolera” idea de lo que quiero en esta vida que me ha tocado caminar. Como lanzas a mi favor, decir que poco ha salido del bolsillo de mi familia (demasiado para mi extinta madre, porque la pensión de una viuda del campo, con cuatro hijos, no daba para mucho) y poco del Estado (aunque "es de bien nacido ser agradecido").

En cuanto a distintas especialidades, otra lanza a mi favor (como no tengo abuela) se encuentra en el hecho que no he cursado, por ejemplo, Empresariales, Medicina, Geología y Astrología (no sé si existe esa última carrera), estudios con poco en común. Al menos, lo instruido en el ámbito reglado tenía una lógica relación profesional. Me explico: Primero Empresariales, luego Económicas, luego Estudios Inmobiliarios, lo que antes era Administrador de Fincas (ver “Orgullosa de su administrador de Fincas”) y posteriormente Derecho. Ahora estoy nuevamente en la fase de Experticias y Másteres (pero eso es otra historia). Igual si le preguntáramos a Freud, éste respondería que lo que realmente tengo es miedo a no ser lo suficientemente bueno en un área determinada y estudio otras carreras a modo de planes de contingencia, o que realmente lo que me gusta es presumir de títulos. No quiero contradecir al padre del psicoanálisis (por cierto, Psicología la dejé a la mitad, porque la UNED pudo conmigo), pero mi honesta explicación consciente no es otra que la necesidad profesional (salvo Empresariales, la primera, que fue de rebote, puesto que en COU me gustaba Biología). Por otro lado, en mi país no es barato estudiar en la universidad y, salvo la persona a la que su familia la mantiene entretenida estudiando durante largo tiempo (y luego trabaja en la empresa familiar o en el entorno lobby de turno), para el resto es un verdadero sacrificio en dinero y en tiempo de dedicación. Finalmente, cada día que pasa tengo más claro que la verdadera carrera que tengo que aprobar día a día es la de mi vida, que se imparte en la “Universidad de la Vida”, a la que hacía referencia Og Mandino en sus libros (del que he escrito en varias ocasiones; ver “El vendedor más grande del mundo”), esa universidad en la que, quieras o no, todos estamos matriculados y algunos intentan aprobar con mejor o peor nota. Lo demás son refuerzos, experticias… y, en otros casos, “tonterías”.

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