martes, 19 de septiembre de 2006

Toros galácticos

Advierto que aunque he dejado pasar una semana para enfriarme un poco, todavía estoy "relativamente" triste, por lo que seré más subjetivo de la cuenta. Pero os cuento la historia. Empiezo con los antecedentes. La primigenia corrida de toros grabada en mi memoria fue vista a través de la televisión de aquella década, en blanco y negro, en una casa en el campo, de unos vecinos de mis padres. Tendría ocho o diez años y ya entonces me quedé fascinado a la par que aturdido.

Fascinado con el paseíllo, en el que desfilaban los matadores con sus cuadrillas; con la Suerte de Capote, con sus chicuelinas gaoneras, etc., desarrolladas por el torero para medir la embestida, fuerza y disposición del toro, y la Suerte de Muleta, con los lances naturales (abierto y con la mano izquierda, derechazo (con la derecha y la espada en el paño de la muleta para extender la superficie del mismo), de pecho. También me gustó todo lo que rodeaba al evento y que la caja tonta me permitía percibir.

Aturdido por los Tercios: de vara, de banderillas y de muerte. Todavía cascabelean en mi interior aquellos puyazos del picador en el morrillo del toro, los rehiletes clavados por el banderillero sobre el lomo del animal y, sobre todo, el estoque con el que el matador le da la muerte al toro, ser vivo capaz de sufrir y que ¿debe ser tratado con crueldad gratuita?

Evidentemente, la Tauromaquia tiene antecedentes que se remontan a la Edad de Bronce, y se ha desarrollado a lo largo de siglos como una forma de demostración de valentía, al estilo de algunas tribus que aún practican ritos de paso de la niñez a la edad adulta; es decir, hay un factor muy importante en cuanto a tradición, cultura, folklore e historia de los pueblos que no debemos rechazar de plano. Esto hace que aún hoy siga teniendo sentimientos contrapuestos, pero me obligo a transitar por el camino de aquéllos que son sensibles a los derechos de los animales .

He tenido enconados debates con amistades y conocidos que, en algunos casos, han hecho peligrar la oportunidad de avanzar en otros aspectos relacionales. Se me viene a la mente una discusión en la isla de Tenerife en mayo de 1995, con Miguel, Juan, José Ángel y Pilar, con más de un ceño fruncido. Sin embargo, cuando se une potenciar la sociabilidad, la tradición, la difusión del lugar donde nací, el folklore, la amistad, la fiesta, bajo subconscientemente la guardia y procuro luchar en la corriente.

Esto me sucede con la Goyesca de Ronda (Málaga, España). Sabéis que nací en ese término municipal. Ronda no me ha dado nada en lo profesional y mis padres han sufrido mucho como agricultores, pero me gusta decir y exportar el lugar donde he nacido, por lo que aprovecho cualquier oportunidad para ensalzar la ciudad, la serranía, su gastronomía, etc. Por supuesto, los toros.

Tengo conocidos que les encanta la Fiesta. Anualmente procuro invitar a alguno de ellos a la Goyesca (con los que tengo más confianza les traslado mi lucha interior y entienden que no les acompañe). Hasta el año pasado no he tenido problemas con las entradas; las he comprado en la taquilla y ya está, caras, pero sin ningún plus ni impuesto revolucionario.

Pero en esta última corrida me he quedado sin entradas y eso que desde Semana Santa un amigo me pidió encarecidamente que le consiguiera pases; además, es una persona que conoce mis convicciones, por lo que no tenía que acompañarle. He seguido el protocolo de todos los años, contactar con familiares para que me avisaran cuando se abría la taquilla, reserva de restaurante para el almuerzo previo, etc.

El infructuoso recorrido para conseguir los tickets ha sido un calvario. Me he sentido como un ratón con el que juega un mastodóntico gato. ¿Qué ha pasado? ¿la oferta y la demanda? ¿presuntas extorsiones que rallan lo mafioso? No debo pagar los desorbitados precios de las escasísimas entradas en poder de no sé que personaje de la farándula.

Ni siquiera puedo decirle a mi amigo que la corrida ha sido un desastre, porque hasta las faenas han estado decentes. Escucho y leo la cantidad de comediantes (en el sentido reactivo del concepto) a los que fulanito y menganito le han regalado entradas. La plaza no es grande, pero tampoco su tamaño es tan reducido como esgrimen tertulianos.

De acuerdo, es una actividad empresarial privada de la familia Rivera Ordóñez, pero sustentada en un folklore, una tradición, etc. En un pueblo que vive y sueña con su Goyesca, a fin de cuentas, y estamos en un marco donde el negocio privado se entrelaza con lo social. Si se mata con una estocada certera a ese verdadero toro de los cuernos de oro, que sustenta todo el tinglado mediático, la espada traspasará también el corazón de la propia fiesta local.

¿Consuelo de tontos por no haber cumplido el deseo de mi amigo?, lo sé, pero me consta que mi experiencia la han vivido otros muchos rondeños y rondeñas. Hasta mi ego ha sido compensado con un relativo éxito en ciertos círculos de pensamiento local, defendiendo los derechos del toro.

Por otro lado, he detectado en la feria una preocupante congoja o amargura del rondeño que se puede convertir, en un futuro, en rechazo o indiferencia a todo lo de la familia, pasión que a medio plazo no beneficiaría económicamente a nadie. ¿Aparente contradicción? ¿El animal sí saldría beneficiado?

Me pregunto si los últimos acontecimientos han iniciado el tercio de muerte de la Goyesca tal y como la hemos conocido, al tiempo que se inicia el paseíllo de una Goyesca Galáctica , tipo Real Madrid, con sus, imagino, cosas buenas, pero también sus miserias y desastres, no sólo en el ruedo sino a su alrededor. Quizás es el punto de inflexión que necesitan los defensores de los Derechos Naturales de otros seres vivos. Saludos.

(Formato de texto modificado posteriormente. Fuente de la imagen: sxc.hu).