domingo, 18 de enero de 2026

El abismo sin instrucciones

Con unos años menos, en la Alameda Tajo de Ronda, divisando a lo lejos la Ciudad y el monolito pétreo que preside la gran hondonada, piedra con un curioso "apodo" que no me atrevo a escribir aquí pero que casi todos los rondeños y rondeñas lo saben. Fuente de la imagen: Ordenación y Promoción de los Tesoros Turísticos (M. Velasco, 2025)
Es fascinante y a la vez sobrecogedor cómo el brillo azulado de una pantalla, proyectando las melancolías urbanas de una Seúl bajo la lluvia, puede actuar como un puente de cristal hacia los riscos calizos de la Serranía de Ronda. Mientras en la ficción coreana el suicidio se presenta a menudo como una coreografía de presiones sociales, éxito asfixiante y honor herido, en la memoria de aquel niño (M. Velasco, 2007)[1] que corría desesperado por las orillas del Guadalevín, la idea de la "propia ausencia" era un instinto rudimentario, una respuesta ciega ante la asfixia de una autoridad que no conocía el matiz. Aquellas reprimendas paternas, sentidas como injusticias monumentales que agrietaban el pequeño cosmos de la infancia, transformaban el paisaje andaluz en un escenario de tragedia silenciosa. El Tajo no era entonces un hito geográfico ni un destino turístico, sino un abismo que susurraba una salida abstracta al dolor punzante de no ser comprendido. El niño no huía hacia la muerte con la determinación de quien lo ha planeado, sino que corría lejos de un juicio que percibía como una herida injustificada, buscando en el rumor del agua y en el eco de las piedras un consuelo que la palabra severa y el ceño fruncido le negaban sistemáticamente en el hogar. Era una huida física y emocional donde las colinas aledañas se convertían en el único refugio posible frente a un mundo de adultos que, por momentos, se volvía un territorio hostil de silencios y reproches que pesaban más que el propio aire de la sierra.
Fuente de la imagen: ¡Ahí va el niño perdío! (M. Velasco, 2007)
Al contemplar ahora esa sombra desde el refugio que otorga la madurez, surge una gratitud profunda hacia la bendita ignorancia de la infancia, esa falta de pericia técnica que actuó como un ángel de la guarda involuntario y tosco. El Guadalevín, con su fluir indiferente y su belleza salvaje, ofrecía una realidad física tan contundente[2] que terminaba por anclar de nuevo los pies a la tierra, distrayendo a la mente de sus fantasías de fuga definitiva. Mientras los personajes de las series asiáticas navegan una modernidad líquida donde el vacío existencial es el protagonista, aquel niño de Ronda lidiaba con una fricción mucho más antigua y visceral: el choque entre una identidad en ciernes y una figura paterna que, quizás por sus propias cicatrices y la dureza de su tiempo, solamente sabía ejercer el cuidado a través del rigor y la disciplina inquebrantable. Esa incapacidad de "saber cómo hacerlo" fue un salvoconducto vital; un recordatorio de que, a menudo, el deseo de dejar de existir no es más que un grito distorsionado que pide, en realidad, una vida distinta, una donde el corazón pueda latir sin el peso de la culpa o el miedo al error. Al final, el camino de regreso a casa, marcado por el cansancio físico y el enfriamiento natural de la rabia, siempre acababa siendo más nítido y real que el borde del precipicio, demostrando que incluso en la soledad más profunda de las sierras, el instinto de supervivencia es una luz persistente que sabe aguardar a que la tormenta emocional se disipe entre los olivos.
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[1] Velasco-Carretero, Manuel (2007). ¡Ahí va el niño perdío! Sitio visitado el 18/01/2026.
[2] El frío del agua, el roce de las zarzas, la pendiente del terreno.