 |
| Fuente de la imagen: mvc archivo propio |
Escribir en una agenda, más que anotar tareas pendientes, es un acto de resistencia humanista en un mundo saturado de lo efímero y lo digital. Al "garabatear lo ancestral" (M. Velasco, 2019)
[1], recupero esa conexión íntima entre la mano y el pensamiento que permite optimizar no solamente el tiempo, también la propia estructura de las ideas, convirtiendo el papel en un lienzo en el que el orden y la creatividad coexisten. La agenda de bolsillo (M. Velasco, 2010)
[2], ese objeto táctil y fiel, se transforma en una extensión de la identidad, un refugio donde lo anímico cobra vida a través de una planificación que trasciende lo laboral. Ciertamente, se trata de gestionar minutos, pero, igualmente, de "cuidar-X-te" (M. Velasco, 2020)
[3], entendiendo que la salud —física, mental y social— requiere de ese mantenimiento preventivo que el registro consciente de nuestros días puede ofrecer. En este sentido, las agendas emocionales (M. Velasco, 2022)
[4] actúan como un espejo del estado interno, permitiéndome identificar patrones de bienestar o desgaste y como un refugio frente al ruido digital, posibilitando detectar los ritmos de la vida, evocándome que, al final del día, el orden externo es un reflejo del equilibrio interno. El papel se convierte así en el cómplice necesario para una vida consciente, donde toda anotación es un ejercicio de soberanía sobre el destino, consintiendo habitar cada minuto con la intensidad y la claridad que solamente la reflexión manuscrita puede otorgar. Al final, el trazo sobre el papel es un recordatorio de que soy el arquitecto de mi cotidianidad y que el simple gesto de abrir un dietario es, en realidad, una declaración de intenciones para habitar el presente con mayor consciencia y equilibrio.
 |
| Fuente de la imagen: mvc archivo propio |
Esta misma vocación de permanencia y registro que aplicamos a nuestras vidas individuales cobra una dimensión monumental al observar el mapa institucional de Málaga en este 2026. Resulta verdaderamente impresionante contemplar el 250 aniversario del
Ilustre Colegio de Abogados de Málaga, una efeméride que sitúa a la corporación como un contrafuerte inamovible de la sociedad civil desde hace un cuarto de milenio. Dos siglos y medio de defensa del Derecho y la Justicia representan un hito histórico de una magnitud extraordinaria, legado que ha visto transformarse la ciudad desde la Ilustración hasta la era digital. A este aniversario se suma el latido de la economía y la empresa, que este año celebra los 45 años del
Colegio de Economistas (fundado en 1981), pero cuya raíz se hunde mucho más en la historia malagueña, ya que si honramos la memoria del Colegio de Peritos y Profesores Mercantiles nacido en 1893 —el germen de los Titulares Mercantiles donde late mi Diplomatura (M. Velasco, 2007)
[5] en Empresariales (luego llegaron la licenciatura en Económicas y el Grado en Derecho) —, contamos 133 años de una profesión esencial para el desarrollo mercantil de Málaga. La fusión de 2017 fue el encuentro natural de dos cauces, integrando la veteranía del peritaje decimonónico con la visión técnica actual. Entre el honor de los 250 años de toga y estrado de la Abogacía y la solera de los 133 años de historia mercantil y económica, Málaga demuestra poseer una arquitectura institucional sólida y venerable, escrita con la misma tinta de compromiso y excelencia que la abogacía, la economía y el mercantilismo malagueño día a día tratamos de plasmar en nuestras agendas personales.
 |
| Fuente de la imagen: mvc archivo propio |
_________________