martes, 13 de noviembre de 2018

¿Sentimos vergüenza?

Hace unos años, 2013, texto ¿A dónde llegamos?, transcribía la opinión del Juez Bermúdez, respecto a los Poderes del Estado en general, al Judicial en particular y al Tribunal Supremo en específico: “Los magistrados que llegan al Supremo son muy buenos juristas, pero otros muy buenos no llegan, por ejemplo, por no tener padrinos, o por no estar asociados". También, te ofrecía mi parecer que días antes escribía en un foro jurídico restringido sobre el tema de la "Difuminación de la división de poderes", que si bien nuestra Constitución de 1978 establece la separación de los poderes del Estado (legislativo, ejecutivo y judicial), en línea con la opinión de A. Fernández-Miranda y Torné-Dombidau y Jiménez (perinquiets.com), el sistema ha derivado hacia un presidencialismo posibilitado probablemente por la propia arquitectura constitucional, que pretendía que los gobiernos fueran consistentes, perdurables, firmes.

Seguía apuntándote que lo anterior podría aceptarse para el poder legislativo. Sin embargo, existe una línea muy difuminada entre el Poder judicial (PJ) y el Tribunal Constitucional (TC). El PJ es elegido por las Cámaras parlamentarias, trascendiendo una constitución del Consejo, instintivo de las alineaciones parlamentarias. EL TC está conformado por un linaje manifiestamente partidario de sus miembros, además de una inadecuada articulación de las competencias con el Tribunal Supremo (TS), lo que permite al TC impunemente explayar su potestad a cuestiones resueltas concluyentemente por el TS. Otros aspectos, como la falta de entendimiento y otros intereses de los dos partidos mayoritarios, sitúan al TC en situaciones cómicas de magistrados con mandamiento pretérito durante años y no proceder a la estricta renovación de los puestos. 

A la pregunta ¿A dónde llegamos? te respondía que a la invasión del partido de turno en el gobierno y el de la oposición en los cimientos y estructura de estas dos significativísimas piezas constitucionales. Así, tenemos el típico posicionamiento entre conservadores y progresistas, consintiendo imaginar vaticinios sobre el sentido de sus alzamientos. En definitiva, pienso que esa Separación de Poderes a la que alude nuestra CE en la práctica no es tal, afectando muy seriamente a la regulación de materias muy consideradas y trascendentales, por ejemplo, las libertades fundamentales o el propio funcionamiento y equilibrio de esos mismos Poderes del Estado. Y eso es lo que está pasando en mi país nuevamente. Si echas un vistazo a la prensa escrita (ver búsqueda parcial en Google), los españolistos almorzaron ayer y desayunarán esta mañana con el supuesto pacto para nombrar el Consejo General de Poder Judicial (ya sabemos hasta quién va a ser su presidente). De vergüenza. En fin. Más de lo mismo. Estamos en España. 

Se define en el diccionario a la "vergüenza" como ese "sentimiento de pérdida de dignidad causado por una falta cometida o por una humillación o insulto recibidos". Cuestiono a estas horas del alba si los "españolistos" sentimos vergüenza por las cuestiones tratadas anteriormente. Termino con otra pregunta que te realizaba en el texto “Etilismo Beligerante” ¿Y ahora en qué estado de gracia o desgracia estamos? Al menos en España respondería acuñando “Elitismo Beligerante”, con el lema “todo para la élite a costa del pueblo”. ¿Por qué dañino o perjudicial? Porque realmente no estamos sufriendo una crisis, sino una nueva, descomunal y silenciosa guerra, de unos pocos contra el resto, donde se está exterminando todo lo conseguido por la Humanidad en las etapas predecesoras, sobre todo en lo que a los derechos fundamentales se refiere, desapareciendo las clases medias y volviendo a sistemas de miedo y terror ancestrales que creíamos inhumados en la lejanía de los tiempos. Fuente de la imagen: pixabay.