domingo, 28 de julio de 2019

Aja, que no ajo ¿o sí?

Hace unos años, en “Beneficiosos, mires por donde los mires”, te escribía sobre esas cabezas de ajo que nos obsequió el hortelano urbanita Alonso (sí, el de “El huerto de Molière”), recordándote que rara será la receta que te he transcrito en este sitio y que no lleve ajo entre sus ingredientes (puedes realizar la comprobación en el buscador). Recuerdos de la infancia afloran a la mente, cuando ayudaba a los progenitores a sembrarlos, yendo detrás del arado, introduciendo dientes de ajo en el surco. Posteriormente, iban creciendo los tallos y sus hojas finas y largas, doblándose a determinada altura. 

Dicen que dispone de propiedades medicinales y farmacológicas, actuando de antibiótico natural, contra la presión arterial, el colesterol, la arterioesclerosis, reumatismo… incluso remedio para el estrés y la depresión. Pues bien, en el alba del último domingo de julio de 2019, atenuándose las calores estivales en mi ámbito territorial de actuación, quiero escribirte brevemente acerca de la aja, que no ajo ¿o sí? que Alonso me ha obsequiado, proveniente de su huerto (que no puedo decir dónde lo tiene, porque ya la otra vez le generó algún que otro desajuste con los medios de comunicación locales). 

Escribe Ana Rocati en verema, artículo ¿Qué es el ajo y qué tipos de ajo existen? sobre el ajo blanco (que se suele confundir con la aja) ya que es de tamaño más grande que el morado, de aroma persistente, con dientes más hermosos. Pero parte de la doctrina culinaria incide que la diferencia entre el ajo y la aja se encuentra en que la aja prácticamente se desarrolla sin dientes (o con muy pocos dientes) y estos “molares” son grandísimos y con un emboque perseverante. Arriba te dejo una instantánea. Parte de este texto también se ha editado en el sitio GASTROPOST, bajo el título “Aja”. Fuente de la imagen: elaboración propia.