sábado, 27 de agosto de 2016

Juguetes en la oficina

A través de textos como “Si el vino viene, viene la vida”, sabes de mi experiencia en una empresa del sector agroindustrial andaluz, por lo que agradable fue el encuentro de ayer, con unos socios de Agrícola Virgen de la Oliva, Sociedad Cooperativa Andaluza (Mollina, España), perteneciente a DCOOP (antigua Hojiblanca), que hacía tiempo no saludaba, agradeciendo que fueran ellos los que me reconocieran, mientras caminaba por la soleada calle Larios, de la capital de la Costa del Sol (Málaga, España). En torno a un café, recordamos algunos de los intensos y emocionales momentos que transcurrieron, allá por los años 2002, 2003 y 2004, en ese proceso de reestructuración, saneamiento y reorganización que me encomendó el Consejo Rector. 

Todavía se acordaban de ese juguete de tractor, con su remolque, que tenía en la mesa de mi despacho, al lado de la pantalla del ordenador y con el que en más de una ocasión me pillaron jugando. Les comenté que me servía para no olvidar el duro trabajo en el campo de cada uno de los más de mil socios de la cooperativa (distribuidos en las cinco secciones productivas: almazara, aderezo, vitivinícola, suministros y crédito), ya fuera bregando con los olivos, las aceitunas, las vides o las uvas. También, lo utilizaba como relax y como reclamo para engatusar al niño que una vez fui, a que se quedara conmigo y me ayudara a superar las dificultades empresariales.

El caso es que el hábito de disponer juguetes en las zonas de trabajo, no es exclusivo o de mi cosecha; lo he visto en otros despachos y oficinas. Incluso hace tiempo leí (lamento no poder referenciarte la fuente) que se habían realizado estudios sobre la relación entre los juguetes, el trabajo y la mentira, resultando que los colaboradores en un entorno salpicado de juguetes infantiles, desplegaban conductas socialmente proactivas y, por ejemplo, mintiendo menos que los del grupo de control de la investigación. La foto del encabezado es de una instantánea de juguetes que me dejaron encima del teclado, cuando era director del proyecto “Málaga Recurso Enológico” (ver “Reír, llorar…”). Todavía no he averiguado si fue el equipo técnico o el alumnado el que me lo dejó.

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