martes, 23 de agosto de 2016

Imperialismo del alma

Allá por 2008, en “Extrapolaciones y comparativas”, te comentaba el notición inmobiliario por aquellos tiempos, leído en la Web de la CNN, Trump mansion sells for $100M; Donald Trump vendía su casa por cien millones de dólares. Mentideros de buena tinta apuntaban que, de un precio inicial de 125 millones de dólares, lo bajó a 100 millones de dólares y, finalmente, la vivienda más cara de EEUU, se vendió por el módico precio de 95 millones de dólares, a un tal Dmitry Rybolovlev, ruso, multimillonario y una de las 300 personas más ricas del mundo, según la revista Forbes. Comentaban que Trump realizó un negocio redondo, ya que compró la vivienda en el año 2004 por 41 millones de dólares e invirtió en ella 25 millones de dólares, luego el beneficio fue de 29 millones. No estaba mal la noticia y junto con otras muchas del mismo estilo, confirmaban que la crisis no llegó ni llegará a la élite de la élite, y se podría pensar que esta casta especial, con sus compras, presuntamente intentan animar continuamente el cotarro. 

Hoy, según se lee, ve y escucha en varios medios de comunicación, parece que en Estados Unidos el partido republicano ha elegido para las presidenciales a un empresario hecho a sí mismo, Donald Trump. No seré yo el que no respete la decisión de un sector de la población norteamericana y de los derechos de todo ciudadano. Líbreme Dios. Pero reconozco que no me gustan los empresarios presuntamente exitosos metidos a políticos. Al menos las experiencias en mi país no son nada halagüeñas. Termino con la expresión atribuida a Honoré de Balzac y que leí en The Economist, Great bad men as bosses: “detrás de cada gran fortuna se encuentra un gran crimen”. Y es que es arduo construir una gran corporación con altas dosis de ética y moralidad desde cero sin lo que Tedlow denominaba “imperialismo del alma” (fuente de la imagen: pixabay).

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