lunes, 13 de julio de 2015

Solo sé que no sé nada

Europa y el toro de Gustave Moreau. Fuente: Wikipedia
Aprovechándome de la Wikipedia, me entero que Europa (Ευρώπη en griego) era hija de Agénor y de Telefasa, hermana de Cadmo, una princesa fenicia. Cuando estaba divirtiéndose con sus compañeras en la playa, Zeus la observó y acabó enamorándose de ella. Zeus se transformó en un toro blanco, tan manso, que Europa se acercó a él, puso flores sobre su cuello y finalmente se atrevió a montarlo; entonces, Zeus se levantó y cruzó el mar, llevándola a la isla de Creta, donde Europa dio a luz a Minos y a Sarpedón, con el cual regresó a Asia. Del nombre de esta mujer provendría el del continente. 

Después de esta introducción sobre el mitológico y hoy premonitorio origen de "Europa", paso a referenciarte la atribución al griego Sócrates de la célebre reflexión “Solo sé que no sé nada". Dado que este filósofo no escribió lo que meditaba, lo conocemos a través de su discípulo Platón, que en su Apología de Sócrates ofrece fragmentos de conocimiento como el de esa persona que, por una parte, cree que sabe algo, mientras que realmente no sabe nada y, por otra parte, aquella otra que tampoco sabe nada pero que tampoco cree saber algo. La ambigüedad en la interpretación de la cavilación se encuentra en que el pensador no está indicando que no sabe nada, sino que pretende hacer ver que no es posible saber nada con incondicional clarividencia, inclusive en las cuestiones que creemos estar totalmente seguros o, “sí o sí”, pensamos que llevamos la razón. 

Todo lo anterior es la abstracción que rondó en la mollera anoche, después de escuchar las noticias sobre Grecia y Europa y antes de visitar el reino de Morfeo. Pilar Jericó apunta en El País, “Solo sé que no sé nada”, que la reflexión de Sócrates no es fácil en absoluto, porque somos humanos e imperfectos y cuando estamos muy seguros de todo caminamos con una actitud de superioridad, insistiendo en encajar la realidad a nuestras expectativas. A la vista de los vaivenes de las instituciones europeas y la presunta división de los países que conforman la Unión Europea ante la situación de Grecia, ese cáncer abstruso de saber que lo saben todo es lo que deben padecer algunos líderes europeos ante la crisis griega. 

Ya he escrito en este sitio sobre el tema. Textos como “La legitimidad del BCE” o “La UE ha muerto, viva Europa” son buena prueba de ello, por lo que no voy a ser más pesado en esta mañana de lunes, sólo iré finalizando con otra observación de Sócrates, aquélla en la que pretendía cambiar la óptica de Menón, el cual creía sólidamente en su propio dictamen, pero cuya reivindicación de saber desaprobaba el filósofo ateniense: “y ahora no sé qué es la virtud; tú quizás lo sabías antes de hablar conmigo, pero ahora eres ciertamente igual a uno que no sabe”. Tal vez, a la vista de lo que está sucediendo en Europa con Grecia, el grexit sería lo mejor para los griegos, porque peor que están no van a estar y, por el contrario, podría ser la antesala de otro futuro distinto, menos malo y más esperanzador, fuera de la órbita de la ingrata, hipócrita, despiadada y cruel Unión Europea, cada vez más lejos de la otrora Ευρώπη que conoció a Zeus y con la que probablemente soñó Schuman (ver post "Serena e integradora").

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