martes, 5 de agosto de 2014

De juegos y prisioneros

Después de presentar ayer un trabajo que terminamos el viernes (ver post “Informe de calificación”), en las escalinatas de la Ciudad de la Justicia me encontré con Pepe y Alberto, que andaban enfrascados reflexionando con tal sentencia de tal juez y el dilema del prisionero. Seguí escuchándolos mientras tomamos una cerveza en los aledaños. La verdad, no recordaba el referido dilema, atribuido a Albert W. Tucker [1]. Te lo comento transcribiéndote parte de la referencia de Paula Kasal[2] en el Diccionario Crítico de Ciencias Sociales[3]. Dos prisioneros incomunicados en celdas individuales han cometido dos crímenes, uno leve y otro grave. Existen pruebas suficientes para que les condenen por el primero, pero no por el segundo, a menos que alguno confiese haberlo cometido. El fiscal visita a uno de los prisioneros y le dice: "Tengo una buena noticia y una mala noticia para usted. La buena noticia es que si ninguno de ustedes confiesa su grave crimen, sólo podremos condenarles a dos años por su primer crimen y si usted confiesa, yo convenceré al jurado de que es usted un hombre arrepentido y de que el perverso es su compañero, de modo que usted quedaría libre en un año y él permanecería en prisión 10 años. La mala noticia es que voy a hacerle la misma oferta a su compañero". "¿Y qué ocurriría si ambos confesásemos?", pregunta el prisionero. "Entonces no tendré razón para beneficiar a ninguno de ustedes, dejaré que la justicia tome su curso y, como el crimen es grave, estimo que les condenarán al menos a 8 años". Así, los prisioneros se encuentran ante el dilema que te dejo en la imagen del encabezamiento. Cada uno piensa que sólo pueden pasar dos cosas: que el otro confiese o que no confiese. "Si confiesa, es mejor que yo también lo haga, porque de lo contrario me quedaré 10 años en la cárcel. Si no confiesa y yo sí, entonces podré beneficiarme de la oferta del fiscal y quedaré libre en un año". La conclusión es que haga lo que haga el otro, lo mejor es confesar. Ambos razonan de igual modo, con lo cual ambos confiesan y se quedan en la cárcel mucho más tiempo del que les habría tocado, si hubiesen cooperado entre sí y ninguno de los dos hubiese confesado. 

Ya centrado en el tema, apunté que me gusta más la teoría del equilibrio (o teoría de juegos), por la que John Nash recibió el Premio Nobel de Economía en 1994, al demostrar matemáticamente que la colaboración es más beneficiosa que la competitividad. La teoría de juegos[4] utiliza modelos para estudiar interacciones en estructuras formalizadas de incentivos (los llamados "juegos") y llevar a cabo procesos de decisión, analizando las estrategias óptimas así como el comportamiento previsto y observado de las personas en esos “juegos”. A pié de post te dejo un fragmento de la película "Una mente maravillosa", subido a Youtube por Adrián Polegre González, donde se reproduce el proceso de generación de la idea en Nash hasta el día de entrega del premio. En cuanto a la aplicación de estas terorías, hace unas décadas Nalebuff y Dixit[5] escribían sobre las bases para entender las ideas y principios de las interacciones estratégicas, donde el trabajo, la política y la vida social consisten en un flujo constante de decisiones tomadas por todos los individuos, elecciones que interactúan unas con otras, afectando a nuestros actos, nuestros pensamientos y, en resumen, a nuestra vida.

[1] R. D. Luce y H. Raiffa, Games and Decisions, Wiley, N. York, 1957, p. 94.
[2] Paula Casal. Keele University, UK.
[3] Diccionario Crítico de Ciencias Sociales Román Reyes (Dir). UCM.
[4] Davis, M. D. (1971): Introducción a la teoría de juegos. Alianza Editorial.
[5] Barry Nalebuff, Avinash Dixit. “Thinking Strategically: The Competitive Edge in Business, Politics, and Everyday Life”. Ediciones W. W. Norton & Company. 1991

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