martes, 29 de abril de 2014

Cuidada redacción

Después de la participación en el instructivo foro sobre la corrección lingüística en los textos jurídicos (ver post "Lo imprescindible"), me queda claro que una de las destrezas necesitada con mayor énfasis por los profesionales de la justicia es su capacidad de comunicarse con otras personas y, en concreto, a través de la escritura. En este sentido, reflexiono acerca de la importancia del reforzamiento inicialmente en la universidad y, posteriormente, de forma continua o reciclaje profesional, promovido en los colegios profesionales y por el propio Consejo General del Poder Judicial, en aspectos didácticos relacionados con el desarrollo de habilidades y géneros deseables a toda persona que se consagre a la justicia. Una orientación pedagógica adecuada posibilitará una formación continua e integral del profesional en el proceso de escritura como medio efectivo de comunicación, salpicando de claridad, lógica y coherencia los textos jurídicos, dentro del respeto a los procedimientos específicos de aplicación en materia procesal y a las reglas de ortografía y gramática imperantes en cada momento.

En relación a la situación de la enseñanza del Derecho en Chile, en 2012 los profesores Rodrigo Coloma[1] y Claudio Agüero[2], en su estudio “Los abogados y las palabras”[3], opinaban que el delicado estado por el que atravesaba la enseñanza del derecho en Chile, hacía necesario revisar en profundidad la manera en que se abordaban los aprendizajes que suponían la lectura y escritura de textos. Parece que un número significativo de los jóvenes que iniciaban los estudios de derecho en ese país, no lograban adquirir oportunamente muchos de los aprendizajes previstos en sus respectivos planes de estudios. Proponían los autores un trabajo focalizado y contextualizado con los estudiantes, abordando asuntos de naturaleza semántica, gramatical y pragmática del lenguaje del derecho. No asumir aquello implicaría más dificultad para que, los que hoy en día son estudiantes, lleguen a comprender y a construir una clase de textos y discursos, que les resultarán claves para insertarse en un futuro en la comunidad disciplinaria conformada por jueces y abogados.

Puede que la situación apuntada para el caso de Chile sea similar a lo sucedido en otros países, como España; es decir, si no se prepara adecuadamente al alumnado en cuestiones tales como la redacción o la claridad, tendremos abogados, jueces, magistrados, secretarios judiciales, que se comunican a través de un lenguaje sólo inteligible “por y para” ellos mismos, pero no “para y por” el resto de los mortales. Tal vez disciplinas en materia de redacción y estilo, dentro de la configuración del programa de grado, trabajan en esa necesaria línea de formación complementaria en redacción y estilo apuntada por los profesores chilenos.

Por otro lado, como escribe Martín Vivaldi[4], la inteligencia de los latinos es rápida, asimilamos velozmente la esencia de la cuestión en cualquier actividad, profesión o empresa que desarrollemos; con mayor o menor acierto procuramos ceñirnos a los itinerarios formales estipulados en los procesos y nos lanzamos apresuradamente al trabajo comunicativo, sin pararnos en cuestiones tales como el estudio del perfil de los terceros afectados por nuestro documento, organizar las ideas en un borrador, la presentación escrita o la revisión final, lo que en muchos casos deriva en abstracción corporativa y resultados comunicativos mediocres, cuando no ineficientes.

Evidentemente, el jurista no se libra de esta insuficiencia o carencia que se tiende a catalogar de estructural y transversal en cualquier especialidad del Derecho. Es por ello sumamente importante la preparación, la elaboración y la posterior revisión de los textos, ya sea en una demanda, contestación a la demanda, alegaciones,… de los letrados de las partes, o un auto, sentencia,… incluso diligencias, del Poder Judicial en general y de los jueces y secretarios judiciales en específico.

Finalmente, para un profesional de la justicia, cada uno de los elementos de la preparación, la elaboración y la revisión, se deberán tener en cuenta en la consecución de una redacción eficiente. La importancia de uno u otro dependerá del contexto de la redacción, del horizonte argumentativo o divulgativo a conseguir, del usuario del documento y, por supuesto, de las habilidades innatas y aprendidas del redactor. En mi opinión, para un abogado el objetivo de una cuidada redacción, dentro del procedimiento comunicativo judicial, no debe ser tanto la mejora de su proceso personal de escritura y, consecuentemente, tener más éxito y ganar un mayor número de casos, como la del logro de la excelencia en la interpretación del documento redactado por parte de los receptores o destinatarios del mismo y como derivación de su profesional tutela de los legítimos intereses de defensa o acusación, según corresponda, del representado (Fuente de la imagen: sxc.hu).



[1] Profesor Adjunto de las facultades de Derecho de las universidades Alberto Hurtado y Católica de Temuco (Chile). Doctor en Derecho.
[2] Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad Austral de Chile y miembro del Centro de Desarrollo Docente de la Universidad de Valparaíso. Doctor en Ciencias Humanas, Magíster en educación y Abogado.
[3] LOS ABOGADOS Y LAS PALABRAS. UNA PROPUESTA PARA FORTALECER COMPETENCIAS INICIALES EN LOS ESTUDIANTES DE DERECHO. Revista de Derecho. Universidad Católica del Norte, Año 19 -N° 1, 2012 pp. 39-69 
[4] G. MARTÍN VIVALDI. “Curso de redacción. Del pensamiento a la palabra. Teoría y práctica de la composición y del estilo”. Edit. PARANINFO. 1980. Pág. 432.

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