sábado, 28 de julio de 2012

Disciplina humillante

Si no fuera por la sinopsis de los historiales profesionales de los componentes del equipo, que hay que escribir para tal o cual proyecto, o la actualización de los perfiles de autor, cada vez me sería más difícil recordar los primeros estudios universitarios.

Si bien la EGB fue traumática, con suspensos por doquier, el final del BUP y, sobre todo, el COU fue un paseo. Me envolví de ficticia confianza que propició un fracaso estrepitoso en la Selectividad de junio.

Cogí tal cabreo que decidí dedicarme definitivamente a la hostelería, de camarero en San Sebastián (ver post La Tregua). El sueño de estudiar Biología, quedó apartado definitivamente, puesto que no volví a presentarme al examen de acceso.

Una fría noche de final de septiembre, después de tirarme hablando por teléfono más de una hora con una excompañera de COU, que iba a estudiar la Diplomatura en Empresariales y, por lo visto, no se necesitaba Selectividad para entrar, tomé la decisión de engancharme a esa especialidad universitaria.

Me di de baja del primer contrato indefinido que disfruté y cogí mi primer avión, desde el País Vasco a Málaga, llegando minutos antes de que cerraran la ventanilla para tramitar la matrícula.

Y desde ese momento estoy en este maremágnum de economía, administración, empresa, marketing, …, con posterior licenciatura, programa de doctorado y un sinfín de cursos de reciclaje. 

Ahora que lo pienso, sin darme cuenta creo que la mecha del destino se encendió aquel día que una tía de mi padre me regaló una máquina de escribir (ver post Tecno-austeridad).

¿O realmente empezó todo en los juegos de la escuela rural, donde ejercía de tendero y el dinero estaba formado por piedras del camino? Sin tener ni idea de la inflación, tuve que subir los precios, puesto que el resto de críos no paraban de traerme piedras y más piedras para comprar los dibujos de coches, casas y verduras.

La mayoría de los contactos que se especializaron en esas lides, se sienten orgullosos de la carrera de “economista”, ya sea en su variante de Economía o en la de Empresariales, con sus especialidades (la mía Dirección y Gestión). Hoy creo que se llama LADE. Mañana no sé.

Están convencidos que sus procedimientos son más rigurosos que los del resto de las ciencias sociales, y consideran que cualquier investigación que no se fundamente en técnicas cuantitativas no son más que tonterías, coincidiendo con aquellas corrientes de pensamiento que entienden a la economía como la más científica de todas las ciencias consideradas sociales.

Pero difiero. Basta echar un vistazo a las decisiones del  FMI e instituciones allegadas, junto a resto de expertos, nobeles y estrellas, para pensar que cuando un economista yerra, las clases media y baja lo pasan mal.

Vía Moisés Haím, que escribe en Foreign policy, Economist Class, llego a la opinión de Richard Freeman, profesor de Harvard: “para adivinar el éxito de una economía, la suerte es tan significativa como las políticas económicas”.

Como dice Haím, una ciencia que gravita en la providencia para dilucidar el destino de las personas, es una disciplina humillante.

Ciertamente, las demás ciencias sociales no se encuentran en mejor posición; pero coincido con Moisés en que los economistas deberíamos asumir una conducta más modesta (fuente de la imagen: sxc.hu).

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