domingo, 18 de agosto de 2019

Echando unos dardos

Hace unos años, en el texto "Futbolín de la adolescencia", te describía aquel camino de “Los Billares”, donde junto a Vázquez, Vera, Turri, Melgar, Visca… quemábamos las horas jugando al billar y, sobre todo, al futbolín. Recuerdo las habilidades de Turri desde la portería, los días buenos de Vázquez, la frialdad de Visca, el corazón de Vera o el humor de Melgar. ¡Qué tiempos! o ¡Qué perdida de tiempo! (según la familia). Al menos nos apartamos de vicios más peligrosos.

Otro de los juegos era el de los dardos, que ahora que no me lee la cuadrilla de la adolescencia, y como no tengo abuela, confesaré que tampoco se me daba mal. Te cuento lo anterior, porque en plena vorágine de la Feria de Málaga (de la que he escrito en este sitio largo y tendido; para acceder a una búsqueda de textos, clickea AQUÍ), la tarde del sábado la pasamos “tirando dardos a la diana”, como desdeñosamente le gusta decir a José Luis. 

¡Qué poco le gustan los dardos al José! Y eso que no tiene mala puntería como comentan “otros”. Será por la connotación belicista. Y es que dicen que las raíces de este juego se adentran al menos hasta el siglo XIV, cuando los soporíferos “batallantes”, entre batalla y batalla, se dedicaban a practicar la puntería lanzando bastos punzantes y otros artilugios penetrantes a la parte horizontal de un tronco de árbol colgado al uso y costumbre. Fuente de la imagen: RichFL en pixabay.