domingo, 20 de mayo de 2018

¡Hasta siempre, Vladimir!

Andaba quemando calorías en la aspiración a jardín que rodea el hogar, preparando el terreno conforme a las instrucciones que me dio el experto (ver “Removiendo el terruño”), de forma que hoy echáramos el estiércol, conformáramos los bancales y procediéramos a plantar las verduras y hortalizas de la temporada. En esto que tenía la puerta de la calle entreabierta, acarreando al contenedor marrón los restos de la jardinería, cuando de pronto escuché como ecos, levanté la cabeza y me encontré con la presunta intromisión de una persona, que me doblaba en estatura y anchura y que decía, en un casi inentiligible castellano, que no andaluz (más bien catalán), si necesitaba un jardinero. Como estaba con los cascos del smartphone colocados, casualmente sonando en ese momento los instrumentos musicales de David Gilmour y el extinto Richard Wright, canción “Echoes” (Ecos), del álbum de Pink Floyd llamado “Meddle” (Entrometerse), tuve que preguntarle varias veces qué es lo que realmente quería. 

Debía impresionar su corpulencia dado que un vecino se acercó a preguntarme “Manolo ¿Tienes algún problema?” a lo que contesté “Todo bien, Gracias”. Después de la preceptiva presentación, le dije a Vladimir que no disponía de partida presupuestaria para contratar a un experto jardinero, puesto que seguir las directrices de Madre Teresa de Calcuta en mi actividad profesional es "harto complicado", pero que aunque hubiera dispuesto de dinero, me obligaba a trabajar la tierra, en recuerdo de las raíces agrícolas y ganaderas (ver texto “Pastor y porquero”). Camino del contenedor, cogió un asa del balde, ayudándome a transportarlo, y comenzó a contarme las vicisitudes en el Camino de su Vida: que provenía de la región báltica, peregrinando con su familia por Europa, hasta llegar a mi país, así como de sus especialidades o experticias (me recordó al pequeño ingeniero Howard Wolowitz, de la serie Big Bang Theory). Al rato, cayendo el mediodía, caí en la cuenta que estábamos los dos destripando terrones y allanando la superficie labrada del anhelo a huerto, así que invité a seguir hablando en el porche, en torno a un vaso de vino. 

Elegí una botella regalo del empresario César, que te referencié recientemente en “Alea iacta est”, y que guardaba para un momento especial: Vega Sicilia Valbuena 5º 2012 (Gracias, César). Me sorprendió el comentario de Vladimir: “Pronto para descorcharla, Manuel; deberías haber esperado unos años más”. “Es el momento para nosotros, Vladimir”, apunté. Luego me dijo que este vino puede aguantar perfectamente en botella hasta bien entrada la década que viene. Me entusiasmé observando al ingeniero, presuntamente venido a menos en su caminar, cómo mimaba la copa, miraba los destellos rojo cereza o se deleitaba con los pastoriles y complejos aromas a frutas rojas e hierbas aromáticas. “¡Ah! ese coupage de Tempranillo y Merlot con reminiscencia de Cabernet Sauvignon”, susurró. Al tiempo que degustaba los potentes, suculentos y aún no afinados taninos, se percibía la voz de Bowie recitando “Héroes”. Lo maridamos con una carne “mechá”. Se despidió con un “Hasta siempre, Manuel”. Ya en mi relativa, privilegiada y, no tan regeneradora, soledad (en modo "recogimiento" conmigo mismo), me percaté que algunas imaginadas briznas del camino del ingeniero se habían introducido en ambos párpados, puesto que los ojos no pararon de llorar hasta tiempo después. “Hasta siempre, Vladimir”. Parte de este texto también se ha editado en el sitio VINOPOST, bajo el titulo "Balbuena 5º 2012" (Fuente de la imagen: elaboración propia).