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| Fuente de la imagen: Galleta y Mantequilla (M. Velasco, 2008) |
Justo cuando la soledad y el miedo comenzaban a fundirse con el frío, una mano firme y cálida, una de esas diestras que guardan la sabiduría y la bondad de la gente de campo, rompió el hechizo de mi parálisis. Se trataba de una vecina, mujer cuya casa se erguía como un faro de cal en medio de aquel diluvio, guiándome suavemente hacia el refugio de su hogar mientras el trueno resonaba en las sierras. Todavía puedo sentir el roce áspero pero reconfortante de la toalla con la que secó mi rostro, un gesto sencillo que en aquel momento me devolvió la vida y el calor. Cuando el hambre, esa compañera silenciosa de los niños de antes, se manifestó en un leve susurro, ella me ofreció lo más semejante a la ambrosía divina que he probado jamás: una galleta con mantequilla que, en mi memoria, brilla con una luz dorada y un sabor a gloria bendita que ningún banquete posterior ha logrado igualar. Poco después, el sonido de los cascos en el barro anunció el rescate; mi familia, alertada por el retraso y el temporal, apareció con una mula que se me antojó un gigante noble y salvaje. Subido a sus lomos, envuelto en mantas y protegido por la silueta de los míos, emprendí el último tramo hacia la huerta, dejando atrás la casa de la mujer, para mí desconocida, mientras el agua seguía cayendo sobre Ronda, recordándome que, incluso en la tormenta más oscura, siempre hay una mano y una galleta con mantequilla esperando para salvarnos. Fuente imagen: mvc.
