domingo, 8 de febrero de 2026

La gloria en una galleta con mantequilla

Fuente de la imagen: Galleta y Mantequilla (M. Velasco, 2008)
Es curioso cómo la memoria se activa con el sonido del agua golpeando el suelo, especialmente con esa intensidad casi mística que caracteriza a la Serranía de Ronda, comarca que en estos días es víctima de una perenne borrasca que azota al paisaje y a sus habitantes. Me hace recordar aquel invierno de la infancia, con un cielo sobre la escuela rural de La Indiana que no parecía simplemente llover, sentía desplomarse con un peso de plomo y plata sobre los campos, borrando los senderos que debían guiarme de vuelta a la huerta de mis padres, allá por las cercanías de la Cueva del Gato. El aire estaba saturado de ese olor a tierra mojada y piedra caliza que solamente conocen quienes han caminado entre Grazalema y Ubrique cuando las nubes se encajonan en las montañas. Siendo apenas un niño, el rugido del Guadalcobacín buscando su encuentro con el Guadalevín más que un espectáculo de la naturaleza, era una barrera infranqueable de agua turbia y bravía que parecía devorar el mundo conocido. Rememoro el instante en que las piernas, cansadas y empapadas por un frío que calaba hasta los huesos, decidieron que no podían dar un paso más, quedándome allí, petrificado en la confluencia de los ríos, sintiendo cómo la inmensidad del temporal me convertía en algo insignificante, un pequeño punto perdido en medio de la nada líquida, mientras el horizonte desaparecía tras una cortina de agua blanca que no daba tregua.

Justo cuando la soledad y el miedo comenzaban a fundirse con el frío, una mano firme y cálida, una de esas diestras que guardan la sabiduría y la bondad de la gente de campo, rompió el hechizo de mi parálisis. Se trataba de una vecina, mujer cuya casa se erguía como un faro de cal en medio de aquel diluvio, guiándome suavemente hacia el refugio de su hogar mientras el trueno resonaba en las sierras. Todavía puedo sentir el roce áspero pero reconfortante de la toalla con la que secó mi rostro, un gesto sencillo que en aquel momento me devolvió la vida y el calor. Cuando el hambre, esa compañera silenciosa de los niños de antes, se manifestó en un leve susurro, ella me ofreció lo más semejante a la ambrosía divina que he probado jamás: una galleta con mantequilla que, en mi memoria, brilla con una luz dorada y un sabor a gloria bendita que ningún banquete posterior ha logrado igualar. Poco después, el sonido de los cascos en el barro anunció el rescate; mi familia, alertada por el retraso y el temporal, apareció con una mula que se me antojó un gigante noble y salvaje. Subido a sus lomos, envuelto en mantas y protegido por la silueta de los míos, emprendí el último tramo hacia la huerta, dejando atrás la casa de la mujer, para mí desconocida, mientras el agua seguía cayendo sobre Ronda, recordándome que, incluso en la tormenta más oscura, siempre hay una mano y una galleta con mantequilla esperando para salvarnos. Fuente imagen: mvc.