martes, 2 de mayo de 2017

Algunas ventajas

Un primero de mayo más el de ayer en mi país, donde unos se frotan las manos, los menos, y otros luchan por llegar a final de mes, los más. España, terruño de contrastes: más ricos y más miseria. Como diría Trump (supongo), en la celebración de sus cien primeros días de reinado: Spain is different. Y a todo esto, viene el vicepresidente de la Comisión Europea de Empleo, Crecimiento, Inversiones y Competitividad y responsable de la aplicación del Plan Juncker, y dice que se crearía más empleo en España si tuviéramos más medidas anticorrupción (escrito en El Mundo por Carlos Segovia: Katainen: "Con más medidas anticorrupción España crearía más empleo"). Para esa obviedad de comentario no se necesitan tantas alforjas, Katainen. 

En fin. Volviendo al empleo, los jóvenes no gozan de trabajo o el que poseen es para llorar. Por su parte, los adultos tampoco tienen donde caerse laboralmente o el que yace en nuestras espaldas, prendido con papel de fumar, también es para llorar. Dejando a un lado que puede que algún senior se jubile cobrando pensión de la Seguridad Social española (suerte la suya), en algunas cuestiones presiento (o quiero pensar) que la mayoría de adultos de cuarenta, cincuenta, sesenta... años (y más) sí tienen ventaja respecto a los jóvenes. Por ejemplo, conocemos nuestras debilidades y alguna que otra fortaleza y recuperamos el hábito de establecer objetivos y diseñar programaciones con los pies en el suelo, para intentar alcanzar esas metas. Igualmente, sentimos distinto los momentos familiares o íntimos y percibimos mejor lo que nos hace feliz en el trabajo y cómo dilatar esa felicidad en la jornada laboral y más allá.

También, a fuerza del rosario de fracasos más o menos extenso que cuelga en nuestro cuello, hemos aprendido a delegar; a no ponernos tan nerviosos; a no sudar; aprovechar los desplazamientos en autobús, avión o tren; a saber beber con moderación; a “soñar realistamente”; a sufrir menos en las negociaciones; a saber decir “no” cuando hay que decirlo; a no sólo tutorizar, sino, también, mentorizar; a disponer y disfrutar de escasos pero verdaderos amigos… y hasta dominamos el arte de vestirnos (bueno, algunos todavía estamos en ello). En síntesis, lo mismo que “no hay que vivir para comer, sino comer para vivir”, nos aplicamos mejor el dicho “no hay que vivir para trabajar", sino, a pesar de esta crisis que nos sigue ahogando, sólo hay que "trabajar felizmente, para vivir plenamente” (Fuente de la imagen: pixabay).

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