miércoles, 24 de abril de 2013

Cultivando sensaciones



“Buscó una buena lechuga y empezó a comerse las hojas blancas. Apenas había engullido un par de bocados, experimentó una sensación rarísima, como si cambiara de cuerpo. Creciéronle cuatro patas, una gran cabezota y dos largas orejas, y vio, con espanto, que se había transformado en asno. Pero como, a pesar de ello, el hambre arreciaba y la jugosa ensalada se avenía con su nueva naturaleza, siguió comiendo con avidez. Llegó, finalmente, a otra variedad de lechuga y no bien la hubo probado se produjo en él una nueva transformación y recobró su primitiva forma humana.” (Párrafo del cuento de los Hermanos Grimm "La lechuga prodigiosa". Fuente: Cuentos de Grimm).

Desde muy pequeño tocó ayudar a la familia en las tareas agrícolas. Se pasaba regular pero no me quejo; era lo que se estilaba en el campo rondeño de los sesenta y los setenta del siglo pasado. Sólo que ahora me gustaría que algunas de esas costumbres en el trabajo de la tierra, que pasaron por mi nariz, se hubieran quedado como conocimiento en mi cabeza. No me acuerdo ni cuándo ni cómo se ataban las lechugas.

Recuerdo una descomunal reprimenda de mi progenitor porque un día me dediqué a comerme los corazones de las lechugas, sembradas en hilera. Después, cuando se lo he contado al querubín, se ha hinchado de reír. También las buenas tapas de lechugas que en la juventud nos zampábamos en el bar del mismo nombre (ver post “El lechuguita”).

A finales de febrero de este difícil año, adquirí en el vivero plantones de lechugas, tomates, … y los hincamos en tiestos que estaban deseando ser útiles. En cuestión de semanas, con la ayuda de nuestras caricias, canciones y convivencia a su rededor, se están convirtiendo en unas señoras plantas. Las primeras que han desarrollado han sido las lechugas.

Ayer, en la cena, nos deleitamos con ese manjar de la Naturaleza. Dado el clima que disfrutamos en las diferentes estaciones, he pensado cultivar hortalizas durante todo el año, simulando la experiencia que te conté en el post “El Huerto de Moliere”. Finalmente, acabo de rememorar el osito de peluche que hace unas décadas le regalé a una amiga, asignándole ella el nombre de “Lechuguita” (fuente de la imagen: elaboración propia).

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