miércoles, 17 de octubre de 2012

Raleas radicícolas

Con motivo de las próximas elecciones de una de las corporaciones de profesionales en las que me encuentro integrado, he empezado empiezo a recibir llamadas de miembros solicitándome el voto para su candidatura. En algún caso sin tan siquiera disponer de un borrador de su proclama o programa electoral. Al final, da la impresión que todo el procedimiento se reduce a un mero mercadeo y que van a lo mismo, presuntamente conseguir cierta relativa y dudosa notoriedad que el puesto conlleva, ser receptores de asignaciones de trabajos de experto o administración de renombre y poco más.

Me ha entrado de nuevo esa tristeza que suele invadirme ante una sinrazón, desafuero, injusticia o alcaldada. Como cuando cada cuatro años el postulante de turno, ondeando una bandera conservadora o progresista (da igual), se acuerda de mí, prometiéndome el oro y el moro y a la vuelta de la esquina hace todo lo contrario, arriesgando a la institución que consigue gobernar a convertirse en un antro habitado por burguesías ilícitas, sólo interesadas en preservar sus franquicias de ralea radicícola.

Lo cierto es que ya no me sorprende leer en los periodos electorales, todas las atrayentes promesas que las candidaturas proclaman para que les vote, pero igual de habitual es constatar una y otra vez que, vez pasadas las elecciones, si te he visto no me acuerdo y donde dije “digo”, digo “diego”. Y, sin embargo, todavía abrigo la esperanza de encontrar a esa persona que haga POLÍTICA, sí, con letras grandes, ya sea en un estado, una autonomía, una ciudad u otra institución de carácter público, sea un colegio, una organización empresarial, un AMPA (asociación de madres y padres), una cofradía o una, también respetable, comunidad de vecinos (fuente de la imagen: sxc.hu). 

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