jueves, 3 de noviembre de 2005

El cambio de hora

Tendría once o doce años cuando escuché a un adulto decir que Franco metería en la cárcel a todo aquél que se atreviera a decir la hora antigua, esto es, las siete que son las seis, las nueve que son las ocho. Evidentemente, me lo creí, aunque no comprendí. Las personas se podrían equivocar, pensé, y ya, por ese traspié, al trullo.  Más adelante, me dijo un primo que el generalísimo había cumplido su palabra y a un tal Jesús Gil, lo había metido en el presidio por haber dicho a Los Ángeles de San Rafael “las dos que son las tres”; pero luego, como era amigo suyo, lo indultó. Ocurrencias ingenuas de inocentes de la dictadura.

Parece que el origen de esta medida se remonta a un texto de Benjamín Franklin, comenzando a sistematizarse a partir de 1974, con la primera crisis del petróleo. Se aplica como directiva europea desde 1981 y ha sido renovada sucesivamente cada cuatro años. Con la aprobación de la Novena Directiva, en enero de 2001, este cambio se aplica con carácter indefinido. Para ello, la UE se basó en un estudio realizado por la consultora Research Voor Beleid Int. El caso es que los cambios horarios afectan a mis biorritmos y me cuesta semanas reequilibrarme.

Estoy un tiempo desorientado y, con toda seguridad, mi rendimiento profesional se resiente y a nivel personal es como si mi cuerpo se expusiera un tiempo a los efectos negativos del ruido de una obra civil. ¿Me pasa a mí solo o lo sufren la mayoría de las personas? Decía Manuel Toharia que no está demostrado los efectos beneficiosos de esta decisión. Me da la impresión que en el decreto definitivo pesó más la inercia que la cordura. (Formato cambiado posteriormente. Fuente de la imagen: sxc.hu).