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| Fuente de la imagen: Lo que nunca cambia. Sitio book—post (Velasco, 2025) |
A veces, la vida me coloca en una de esas pendientes pronunciadas en las que siento que voy cuesta abajo y sin frenos y es precisamente en ese vértigo donde comprendo que, sin un relato potente que sostenga mis acciones, cualquier proyecto —ya sea económico, financiero, operativo, administrativo, comercial... o vital— carece de la inercia necesaria para sobrevivir en la jungla a la que debo ir todos los días para conseguir sustento para el hogar. Esta revelación personal sobre la importancia capital de la narrativa fue la que me impulsó a retomar el texto “Lo que nunca cambia” (Velasco, 2025)[1], de Morgan Housel[2], este fin de semana. La historia con este autor comenzó casi por accidente, tras una recomendación, y confieso que inicialmente utilicé sus ideas como una herramienta diplomática para mejorar las relaciones con las entidades financieras. Pero, al releerlo bajo esta nueva luz, me ha quedado claro que no es la lógica matemática la que rige el mundo, más bien la capacidad de construir una visión convincente, ya que en el gran teatro de la realidad «la mejor historia gana» y tiene la fuerza suficiente para eclipsar a las estadísticas más rigurosas. En un entorno que nos presiona constantemente para anticipar el futuro, Housel propone un ancla al sugerir detectar lo que siempre sigue igual, esas constantes del comportamiento humano que permanecen inalterables frente a cualquier cambio tecnológico o social.
Al leer nuevamente estas lecciones, he encontrado el lenguaje para transmitir al querubín que el camino hacia el éxito no es una línea recta y gratuita, es una trayectoria que exige el pago de ciertos peajes en forma de retos e incordios. Housel describe este proceso como el «coste de progresar», subrayando que nada que realmente valga la pena se nos entrega sin que antes tengamos que digerir situaciones incómodas o enfrentar «sapos» inesperados. Me resulta un poco liberador leer que las fuerzas que realmente mueven el mundo son intangibles y no pueden medirse con una regla y que intentar reducir la complejidad emocional y hormonal del ser humano a una simple ecuación solamente conduce a la frustración. Además, el libro parece rescatar la noción del «estrés útil», argumentando que existe un equilibrio vital donde la presión más que un desastre paralizante es un mecanismo que agudiza la atención y enfoque de una manera que la felicidad y la zona de confort es complicado que lo logren. Mientras que la comodidad excesiva suele ser el caldo de cultivo para comportamientos poco productivos, el autor me sugiere que el esfuerzo bajo tensión es el que realmente permite avanzar con rapidez. En última instancia, esta relectura me ha confirmado que, cuando la lógica falla porque el universo decide ignorarla, poseer un relato sólido es la única forma de mantener el control y no despeñarse en la incertidumbre.
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[1] Velasco-Carretero, M. (2025). Lo que nunca cambia. Sitio book—post. Visitado el 25/05/2026.
[2] Housel, Morgan (2025). Lo que nunca cambia. Editorial Planeta.
