sábado, 28 de febrero de 2026

Sorbos de círculo blanco

Fuente de la imagen: mvc archivo propio
Mientras el aroma del café recién hecho envolvía nuestra mesa en la cafetería Monteblanco, en calle Ollerías (Málaga, distrito centro), la mirada se extravió entre los objetos que dotan de alma a este rincón malagueño. Allí, colgados como trofeos de un tiempo más pausado, los antiguos envases de leche que decoran las paredes actuaron como un resorte sensorial, transportándome de golpe a los inviernos de la adolescencia en Ronda. Le contaba a Paco, bajo la luz tenue que acariciaba el mostrador, cómo la memoria es capaz de rescatar el frío punzante de aquellas mañanas serranas en las que el vaho de la respiración era el único compañero de camino. Evoqué con una nitidez casi dolorosa la figura de la lechera, una mujer de paso firme que desafiaba la escarcha recorriendo las casas con el cántaro metálico apoyado en el cuadril, un gesto técnico y ancestral que hoy se nos antoja una coreografía perdida. En aquel entonces, el ritual de la leche no entendía de briks ni de procesos industriales; era una conexión directa con la ubre y el pasto. Le confesé al amigo que el sabor que definió mi infancia fue el de la leche de cabra, ordeñada a primerísima hora, cuando el mundo todavía bostezaba, conservando aún ese calor animal y esa densidad honesta que hoy se ha diluido en las estanterías de los grandes supermercados. Aquellos recipientes que ahora observábamos en el café más que chapa y pintura, eran cápsulas del tiempo que guardaban el eco de los pasos de la lechera sobre el empedrado rondeño y el tintineo de una cotidianidad que se nos escapó entre los dedos. Al calor de la charla y con el poso del café ya asentado, la nostalgia dio paso a una reflexión más profunda y urgente sobre el destino de nuestra propia especie. 
Fuente de la imagen: mvc archivo propio
Caminando por Carretería,  rumbo al Museo del Vino Málaga (en Plaza de los Viñeros), le comentaba a Paco que, si la Humanidad aspira realmente a sobrevivir en este planeta exhausto, debe dejar de mirar tan obsesivamente hacia adelante para volver la vista hacia atrás, rescatando los hábitos de los ancestros que hoy, con nombres rimbombantes, tratamos de reinventar. Hablábamos de la "economía circular (M. Velasco, 2003) no como un concepto moderno de marketing verde, conversábamos como la forma natural de vida que practicaban aquéllos que nos precedieron (De la cuna a la cuna, M. Velasco, 2017), donde el residuo era una anomalía y el aprovechamiento una virtud sagrada. La vuelta a lo tradicional y a lo local no es un capricho romántico ni un refugio para melancólicos, es una estrategia de resistencia ante la desmesura de la globalización que todo lo uniformiza, ese "usar y tirar" (Velasco, 2003). Necesitamos recuperar esa soberanía de lo cercano, el respeto por el producto de la tierra y la dignidad de los oficios que sostenían la comunidad sin esquilmar el entorno. Aquella lechera de Ronda, con su cántaro al cuadril, era en realidad una pionera de la sostenibilidad que no necesitaba manuales para entender que la vida se sostiene en ciclos cerrados y en la confianza de lo que se produce a pocos kilómetros de casa. Quizá el secreto del futuro no esté en una nueva tecnología disruptiva, éste se encuentre en volver a sentir ese vínculo estrecho con lo que consumimos, entendiendo que la supervivencia del mañana se cultiva hoy, volviendo a lo esencial y practicando esa sabiduría de barrio que aprendimos en las frías mañanas de invierno, cuando la leche aún sabía a campo y la economía tenía rostro humano.
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Velasco-Carretero, Manuel (2017). Economía Circular y Diseño Cradle to Cradle. Sitio Economía Sostenible. Visitado el 28/2/2026.
Velasco-Carretero, Manuel (2003). Economía Lineal. Economía Sostenible. Visitado el 28/2/2026.
Velasco-Carretero, Manuel (2003). La Economía Redonda. Economía Sostenible. Visitado el 28/2/2026.