domingo, 25 de enero de 2026

Piel de agua y guijarro

Fuente de la imagen: mvc archivo propio
El repique de la lluvia en la aspiración a jardín que rodea el hogar, ese murmullo rítmico que en la noche me arrulla bajo el peso acogedor del edredón, ha abierto una grieta en el tiempo por la que se cuela, indomable, el aroma a tierra mojada de la Ronda profunda de la infancia. Me veo de nuevo allí, en el corazón de la Serranía, donde el mundo parecía detenerse cuando las nubes se encajonaban entre los tajos y el cielo decidía volcarse sobre la huerta de los ancestros. La casa, custodiada por el rumor constante y algo bravo del río Guadalevín, se convertía en un refugio de piedra y cal frente a la inclemencia del invierno. Sin embargo, para el niño el verdadero protagonista de aquellos días de temporal no era el techo que nos cubría, sino el generoso empedrado que se extendía como un tapiz de ribera entre la vivienda principal y el edificio de la cocina. Eran apenas cinco metros de distancia y veinticinco metros cuadrados de superficie, un puente de guijarros lavados por los siglos, pero bajo la lluvia torrencial, ese espacio se transformaba en un escenario sonoro de una riqueza infinita. Cada gota, gorda y decidida, no caía simplemente; percutía contra la piedra con un chasquido seco, a veces metálico, creando una sinfonía de percusión que resonaba en los muros de la valla y en las paredes exteriores, lenguaje mineral que hablaba de la dureza del campo, un eco que se fundía con el bramido cercano del río, recordándonos que en la Serranía, más que un fenómeno atmosférico, es un pulso vital que todo lo conecta.

Cruzar aquel empedrado bajo el diluvio era una breve pero intensa odisea infantil, un salto necesario para alcanzar el calor sagrado de la cocina que se alzaba independiente, como un oratorio dedicado al fuego y al sustento. Recuerdo el brillo especular[1] de las piedras mojadas que, bajo la luz plomiza de la tarde, parecían gemas oscuras pulidas por la mano de la tormenta. Al abrir la puerta de aquel edificio anexo, el estrépito de la lluvia sobre el empedrado se amortiguaba de golpe para dar paso al crepitar de la leña de encina y al olor reconfortante del guiso que borboteaba con parsimonia. Desde la puerta de la cocina, observaba cómo las gotas seguían martilleando los guijarros con una cadencia hipnótica, dibujando círculos efímeros en los charcos que se formaban en las juntas de la piedra. Había una belleza cruda en esa separación de los espacios; la necesidad de salir al aire libre, de sentir el azote del viento serrano por unos segundos para llegar al calor del hogar, nos vinculaba irremediablemente con el ciclo de la naturaleza. Aquella cocina no era solamente un lugar donde se preparaba el café; era el destino final de un camino de piedra que celebraba la lluvia. En estas noches de ahora, mientras me regocijo en la calidez de la cama, me doy cuenta de que aquel sonido de las gotas golpeando el empedrado de la huerta sigue latiendo en la memoria como el recordatorio de una infancia donde la felicidad tenía el sabor del humo, el frío de la piedra mojada y la supuesta seguridad inquebrantable de la propia Serranía.
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[1] Fenómeno óptico que ocurre cuando la luz se refleja en una dirección única y predominante tras chocar con una superficie lisa. En términos coloquiales es ese brillo intenso y definido (como un destello o un "fogonazo" de luz) que ves en los objetos que actúan como un espejo.