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| Fuente de la imagen: mvc archivo propio |
Cruzar aquel empedrado bajo el diluvio era una breve pero intensa odisea infantil, un salto necesario para alcanzar el calor sagrado de la cocina que se alzaba independiente, como un oratorio dedicado al fuego y al sustento. Recuerdo el brillo especular[1] de las piedras mojadas que, bajo la luz plomiza de la tarde, parecían gemas oscuras pulidas por la mano de la tormenta. Al abrir la puerta de aquel edificio anexo, el estrépito de la lluvia sobre el empedrado se amortiguaba de golpe para dar paso al crepitar de la leña de encina y al olor reconfortante del guiso que borboteaba con parsimonia. Desde la puerta de la cocina, observaba cómo las gotas seguían martilleando los guijarros con una cadencia hipnótica, dibujando círculos efímeros en los charcos que se formaban en las juntas de la piedra. Había una belleza cruda en esa separación de los espacios; la necesidad de salir al aire libre, de sentir el azote del viento serrano por unos segundos para llegar al calor del hogar, nos vinculaba irremediablemente con el ciclo de la naturaleza. Aquella cocina no era solamente un lugar donde se preparaba el café; era el destino final de un camino de piedra que celebraba la lluvia. En estas noches de ahora, mientras me regocijo en la calidez de la cama, me doy cuenta de que aquel sonido de las gotas golpeando el empedrado de la huerta sigue latiendo en la memoria como el recordatorio de una infancia donde la felicidad tenía el sabor del humo, el
frío de la piedra mojada y la supuesta seguridad inquebrantable de la propia Serranía.
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[1] Fenómeno óptico que ocurre cuando la luz se refleja en una dirección única y predominante tras chocar con una superficie lisa. En términos coloquiales es ese brillo intenso y definido (como un destello o un "fogonazo" de luz) que ves en los objetos que actúan como un espejo.
