domingo, 9 de junio de 2019

El reconfortante efecto maresía

Si eres follower de este sitio, sabes que, desde que llegó el querubín a nuestras vidas, suelo levantarme un poco más temprano que algunos de mis conciudadanos, sobre las cinco y media, el reloj biológico casi no falla nunca, eso sí, cuando se acerca el crepúsculo, ya estoy picando billete para visitar a Morfeo. Volviendo al despertar, siempre que puedo, o me dejan, lo primero que me gusta es contactar contigo a través de este sitio donde, con distinto acierto, procuro contarte pequeñas historias, pensamientos, análisis técnicos y todo lo que se me cruza por la mente y estimo te puede interesar. En línea con lo reflexionado en "Menos Axe y más pigmalión", hoy voy a escribir sobre el reconfortante "efecto maresía". Y es que, antes de ponerme el traje de faena, procuro caminar un rato, gozando del clima del sitio donde vivo, privilegiado que soy, respirando la exquisita maresía que fluye en el alba, ese aliento de mar que envuelve a los que pueden disfrutar de la Costa del Sol. Arriba te dejo una instantánea del descanso de una de las tempranas caminatas de esta semana, por el paseo marítimo de Playamar (Torremolinos, España), deleitándome con la escultura de arena titulada “Montaña de Burgo”, del artista checoslovaco Afis, que recrea en la arena recuerdos de su pueblo. 

Todas esas sensaciones (caminar por la arena de la playa, respirar la maresía, deleitarme con las estatuas de arena, sentir las personas con las que me cruzo…) recargan las pilas emocionales y engrasan y pulen la armadura oxidada (ver texto “Duda, me respondió”), previo a ese diario camino por la selva de asfalto, egoísmo, sinrazón, hachazos limpios, puñaladas traperas y materialismo a más no poder, en la que me toca adentrarme para colaborar en el sustento del hogar, aportar un grano de valor a esta vida y generar perspectivas de futuro proactivo para los herederos de esta casa en la que me toca vivir, que es la Tierra, intentando practicar la ética y moralidad que cultivan o cultivaron mis referentes, sea Teresa de Calcuta (ver Aspiración), el honrado agricultor de Mollina, el teleco Robin Hood, el presunto bandolero digital a lo "José María el Tempranillo", el funcionario decente y profesional, el desheredado ingeniero que habita en la acera por la que transito... espejos en los que me gusta mirarme continuamente, al tiempo que intento estar a la altura profesional de los equipos en los que colaboro o me encuentro integrado. Lo dicho, el reconfortante "efecto maresía".