domingo, 10 de julio de 2016

Menos Leyes y Más Decencia

Hace unos meses, con motivo de los comicios electorales navideños de mi país, en el post “El ecosistema plutocrático español”, te escribía sobre la plutocracia, esa corrupción de sistemas como la democracia e inevitablemente ligada a la oligarquía, puesto que los señalados como plutócratas tienden a ignorar los intereses del Estado, la responsabilidad social y los embarazos políticos, empleando el poder para su propio beneficio. Según los expertos, actualmente, una forma habitual de manifestación de los sistemas plutocrácticos, de manera discreta pero efectiva, es a través de la financiación a los partidos políticos, en el sentido de sistema que favorece la financiación irregular de estas organizaciones. En el texto “Tentáculos de la plutocracia”, te transcribía la idea de Antonio, de que un tentáculo de la plutocracia es la cleptocracia, asentamiento y perfeccionamiento del poder encaminado a la sistemática malversación de capital, institucionalizando la putrefacción del régimen político de turno. Otro apéndice sería esa distracción de caudales públicos por las personas encargadas de administrarlos. También, nombraba el conocido como clientelismo (en las comarcas y pueblos se entiende por caciquismo), ese cambalache de favores a través del cual los cargos públicos, toman por costumbre la fraudulenta asignación de contratos públicos, concesiones, prebendas... con cargo obviamente a los fondos públicos, a diestro y siniestro y a cambio de apoyo político. De igual forma, es triste observar en mi país que los denunciantes de casos de corrupción sean los apestados del Sistema y no los protegidos y los ensalzados. Igualmente, sucede con los ciudadanos y ciudadanas que, siendo conservadores, progresistas o liberales, votan a opciones distintas a PP y PSOE para propiciar un saneamiento en los cimientos del Estado: en vez de respetarlos, se les intenta denigrar, agraviar, deshonrar, culpándolos de todo lo malo que nos pasa.

Si sigues lo que acontece políticamente en España, detectarás por doquier ejemplos de los términos antes referenciados. Según el Huffingtonpost, “Cifras de la Corrupción en España”, los casos judiciales relacionados con la corrupción política se acumulaban en 2015 en unas 1700 causas (1661 casos de corrupción en 2013, según el Consejo General del Poder Judicial) y más de 500 imputados. María Peral escribía en El Mundo, “Andalucía es la autonomía con más casos de corrupción”, que las comunidades autónomas con más casos de corrupción eran Andalucía y la Comunidad Valenciana. A título orientativo, en El Confidencial, “Así se reparten los principales casos de corrupción política en España”, se ofrece un mapa donde se observan aquellos casos que afectan tanto al PP como al PSOE, los dos partidos con más votantes en España. Dicho lo anterior, y habiendo surgido en mi país nuevos partidos políticos, a priori no corruptos (Ciudadanos, Podemos…), y la existencia de otros no salpicados (Izquierda Unida, Vox…), cabe preguntarse por qué más del 50% de los votantes españoles (el 55,69%, 13,3 millones de personas en las elecciones del 26J), a pesar de constatarse el robo a diestro y siniestro, cuando no plutocracia, cleptocracia y clientelismo, siguen dando su confianza a esos dos partidos políticos, en vez de depositarla en las nuevas organizaciones conservadoras o progresistas y en las existentes no infectadas. Tal vez, parte de la explicación se encuentre en el reciente artículo de Mikel Bluesa en Expansión, “EL PORQUÉ DE LA CORRUPCIÓN POLÍTICA”, en el sentido que es la propia ciudadanía española la que ampara la corrupción, lo que explicaría que PP y PSOE sigan acaparando la mayoría absoluta de votos, porcentajes y escaños. Apunta Bluesa que quizás el país necesita otro tipo de revolución, distinta a la del Movimiento 15M (cultural, la denomina el periodista), para que la ciudadanía practique la tolerancia “cero” con la corrupción. Sí, Mikel, “menos leyes y más decencia” (Fuente de la imagen: viñeta de Enrique Martínez-Salanova Sánchez).

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