domingo, 6 de abril de 2014

El valor de las cosas

Cuenta una fabula, que dicen circula en los rediles de Internet, que un infeliz joven se presentó en el corral donde habitaba un hombre sabio, opinándole su infelicidad por lo infortunado que era al sentirse insignificante y recibir críticas de los demás en ese sentido, inquiriéndole qué podía hacer para cambiar esa tribulación.  Sin mirarlo a la cara, el maestro respondió que podría intentar ayudarle después de solventar una situación propia que padecía, pidiéndole ayuda al desventurado. Aturdido el inmaduro ser por su sino, consintió. El sabio le entregó un anillo que portaba en un dedo de sus manos, instruyéndole que debía venderlo lo antes posible por la mayor cantidad de monedas de oro que pudiera conseguir, pero no por menos de una moneda de oro.

El infortunado se dirigió al mercado y ofreció cien veces la joya y cien veces le brindaron valores inferiores al precio mínimo que el ser pretérito había establecido. Como realmente desconocía el verdadero valor del anillo, no sabía si intentaban timarle o verdaderamente era lo máximo a conseguir. Volvió dolorido y deseando haber tenido él la moneda de oro para ofrecérsela al viejo y éste, a cambio, le hubiera aconsejado cómo solventar su infelicidad.  El maestro agradeció su gestión y le conminó a que sólo preguntara al orfebre cuánto estaría dispuesto a dar por la alhaja.

Raudo y veloz, cabalgó hasta la joyería, examinando el artesano el anillo y pronunciando su oferta: Si el tema era urgente, no más de cien monedas de oro; si el anciano podía esperar un tiempo, el precio se acercaría a ciento cincuenta monedas de oro. Sobreexcitado, volvió al aprisco del sabio para escuchar la siguiente sanación emocional: ¿Por qué tienes en cuenta el relativo y sesgado valor que te ofrecen los mercaderes de la vida por la joya impar, magnífica e inimitable que eres y no esperas la futura valoración del experto que labró tu esencia, a la vista del camino que hayas transitado en toda tu vida y de la completa labor orfebre que tú hayas realizado en ti mismo?  

Ayer me acordé de esa leyenda porque al peque le dio por montar en bici, pero cuando fuimos al trastero ésta se “había quedado pequeña”, así que, ni corto ni perezoso, desempolvé la bicicleta que antaño yo utilizaba (ver foto que te dejo en el encabezado) y comencé a disponerla para su estatura. En determinado momento me preguntó cuánto costaba una bici nueva. Indagué el por qué de la cuestión, transmitiéndome su tristeza por el uso de algo que no le correspondía. Le comenté que la bici llevaba cogiendo polvo sin ser usada y que ahora le tocaba disfrutar ser usada y de su uso. Terminé contándole la moraleja de la fábula del anillo: El precio de las personas, incluso de los bienes materiales, no se encuentra tanto en el tiempo que ocupen en el ámbito terrenal como en la sana energía e ímpetu con la que existen, configurando seres inconmensurables e instantes, como el vivido en la tarde, inolvidables.

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