domingo, 11 de diciembre de 2011

Consagrados hartazgos

Como viene siendo tradicional, por estas fechas algún día que otro me gusta desayunar churros (ver post “Hartazgo de churros” o “Fuego regenerador”).

Te dejo una foto del plato de tejeringos que nos zampamos el sábado.

El sabor refrescó la memoria con la imagen de los especiales buñuelos de viento que mi madre cocinaba en navidad.

Imagino que utilizaba una masa similar a la de los churros de ayer, a base de harina, agua, sal. Luego freír en aceite de oliva y pare usted de contar.

En otras zonas, a la pasta de los buñuelos se le incorpora mantequilla, leche, huevos, azúcar, canela, ...

Pero por aquellas décadas (sesenta y setenta del siglo pasado), la economía familiar no daba para más ingredientes que los tres básicos, que a modo de masa madre permitían elaborar durante varios días esas apetitosas y tradicionales frutas de sartén.

Extendía el mazacote en la mesa de madera y con un rulo o rodillo de cocina, confeccionaba una fina lámina que, recortada en trocitos pequeños, depositaba en la sartén, donde esperaba el caliente aceite.

Comíamos los buñuelos en el desayuno, pero recuerdo que me gustaban también fríos, por lo que me zampaba los sobrantes a cualquier hora.

Eso sí, dependiendo de la cantidad ingerida, el ritmo de la digestión te podía afectar en mayor o menor medida.

Humildes y, hoy, consagrados hartazgos, que renuevo periodicamente en cada estación invernal, intentando remozar amasijos emocionales de antaño con los sentimientos de ahora.

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