jueves, 3 de noviembre de 2011

Yo jefe, tú perro

Dice el dicho: “antes de ser cura, fui monaguillo”. Previamente a ser lo que soy, me parece que en el trabajo fui un ser autoritario o, al menos, más despótico de lo que hoy pueda ser.

A finales de la década de los ochenta y principios de los noventa del siglo pasado, los que me conocían me catalogaban como el típico profesional dominante.

Por lo visto, me encantaba dirigir a las personas que me rodeaban y tolerancia cero a que me llevaran la contraria.

Algún amigo de entonces, que supongo me quería mucho, se sinceró y me confesó que en la oficina caminaba por la frontera del avasallamiento, estrujando al equipo hasta conseguir el objetivo.

Por suerte, a finales de 1993, las nuevas situaciones empresariales que me encontré en el camino, me empujaron a querer evolucionar hacia otro estadio o perfil en la línea de lo recogido en el post “Elijo ser bueno”.

Por otro lado, eso de tratar dominantemente al equipo, como si sus miembros fueran caninos, a lo “yo jefe, tú perro”, afortunadamente hoy lo considero técnica trasnochada, del pasado.

En cuanto a ser simpático, no lo creo, pero reconozco que últimamente admiro cada vez más a la gente que en lo cotidiano, hace reír a otra gente.

Finalmente, respecto a si tengo cualidades de liderazgo, ni idea y, en todo caso, ni me preocupa saberlo ni corresponde auto evaluarme.

Como no disfruto de abuela, solo confesarte que cuando tengo claro una meta, me gusta comprometerme, dibujar el camino y armonizar esfuerzos para conseguirla, intentando escuchar con las orejas, concentrarme en el fin, estar disponible para el equipo, sumar, no restar, sentirme seguro, aunque a veces sea de mi propia inseguridad y, llegado el momento, decidir.

¿A qué viene toda esta retahíla? Pues para valorar el artículo de Montse Mateos en Expansión “Los jefes simpáticos no son buenos líderes”.

Escribe Mateos que “si es una persona generosa, amante del diálogo y con grandes dosis de humanidad, despídase de ser un buen líder”. El artículo circula entorno al estudio de Robert Livingston sobre este tema.

Según Livingston, los dominantes tienen más posibilidades que otras personas de ser líderes del grupo. Sus afirmaciones se basan en lo que piensa una muestra de 350 estudiantes y profesionales.

En mi opinión, un jefe no tiene que ser amable, dominante, simpático, agresivo, bueno, egoísta, …

Dependiendo de cada meta u objetivo, debe actuar de guía o adalid para llevar al grupo a conseguir el propósito, utilizando las habilidades innatas y aprendidas que su perfil acopia y siempre bajo la premisa de respeto hacia el otro.

Pienso que la evaluación genérica de la amabilidad, la dominancia, la simpatía, la agresividad, la bondad, … y su repercusión en ser buen o mal jefe, es relativa.

Cada oportunidad de liderazgo priorizará las aptitudes y actitudes del presunto líder.

Por tanto, y como conclusión, creo que Livingston ha perdido el tiempo en ese estudio y Montse ha perdido el tiempo escribiendo sobre Livingston (fuente de la foto: imagenes-gratis.net).

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