sábado, 3 de enero de 2026

Seda, Sol y Naranja

Fuente de la imagen: La expresión honesta del terruño de Álora. Sitio vinopost (M. Velasco, 2024)
Estas fiestas casi siempre brindan la oportunidad de detener el tiempo y compartir momentos alrededor de una mesa cuidadosamente preparada para recibir a todas nuestras personas queridas. En mi último almuerzo navideño, uno de los protagonistas líquidos fue el Vega del Geva Crianza (M. Velasco, 2024)[1], una joya que nace en el páramo de El Morquecho, en la noble tierra de Álora (Málaga, España). Desde que la primera copa fue servida, el ambiente se inundó de una calidez especial, reflejando el esfuerzo de quienes, con sus propias manos y una sensibilidad exquisita, seleccionan cada racimo para crear un caldo que es puro sentimiento malagueño. Su color, un rubí intenso con destellos que aún guardan el recuerdo de su juventud violácea, cautivó la mirada de cada comensal, incitando a explorar una complejidad que solamente el tiempo y el reposo en roble saben otorgar. Este caldo, fruto de una combinación armoniosa de uvas Syrah, Cabernet Sauvignon y Merlot, se presentó ante la comunidad de familiares como un relato embotellado de la  D. O. Sierras de Málaga, recordándonos que la verdadera excelencia nace del respeto por los ritmos de la naturaleza y de una vinificación honesta que prescinde de procesos agresivos para entregarnos su esencia más pura y vibrante.

El momento cumbre de la celebración llegó con el servicio del plato principal: un solomillo ibérico glaseado a la naranja. Fue en este encuentro donde el Vega del Geva demostró su verdadera maestría, creando un diálogo sensorial que dejó a todas las personas presentes en un estado de absoluto deleite. La estructura aterciopelada y carnosa del vino abrazó con elegancia la jugosidad de la carne ibérica, mientras que sus notas de frutas rojas salvajes, como la mora y la frambuesa, bailaron en sintonía con el contrapunto cítrico y dulce del glaseado. Los matices balsámicos de eucalipto y romero que caracterizan a este tinto aportaron una frescura necesaria que equilibraba la potencia del plato, limpiando el paladar en cada bocado y preparándolo para descubrir, una y otra vez, los toques especiados de pimienta y vainilla procedentes de su equilibrada crianza. No hubo ni un solo atisbo de aristas; en su lugar, encontré un paso por boca sedoso que convertía el almuerzo en una experiencia de lujo compartido. Degustar este vino en una fecha tan señalada posibilitó reafirmar que su mayor valor es la capacidad de unir y transformar una reunión familiar en un banquete lleno de matices y sensaciones extraordinarias, demostrando por qué es una de las referencias más queridas de la tierra de Álora.
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[1] Velasco-Carretero, Manuel (2024). La expresión honesta del terruño de Álora. Sitio vinopost. Visitado el 3/1/2026.