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| Fuente de la imagen: GR-174. Sitio vinopost (M. Velasco, 2025) |
Antonia, más pragmática, sirvió unas lonchas de lomo en manteca[2], y fue al probar el primer sorbo que la armonía se completó. El vino, con su entrada golosa y su paso vibrante, cortó limpiamente la untuosidad del embutido. La acidez tensa y equilibrada del Priorat limpiaba el paladar, mientras que los taninos suaves y aterciopelados se fundían con la textura de la carne. La multiplicidad de cepas de este coupage[3] le aportaba una estructura firme, una columna vertebral que le permitía sostener el peso del sabor andaluz. Pero, decididamente, la mineralidad subyacente del vino, ese recuerdo terroso y de pizarra, evocaba la tierra rojiza y pedregosa de las huertas de la serranía, un puente invisible entre el suelo de Bellmunt del Priorat y el valle frondoso. Este tinto demostró ser el compañero para esa convivencia íntima: un vino de gran estructura, pero sin pesadez, lo suficientemente complejo para ser interesante en el silencio de la sobremesa y lo bastante honesto para maridar la sencillez de un manjar local, sellando una tarde de paz y de encuentro entre dos territorios unidos por la calidad de sus paisajes y la profundidad de sus sabores. Fuente de la imagen: mvc.
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[1] Velasco-Carretero, Manuel (2025). GR-174. Sitio vinopost. Visitado el 30/11/2025.
[2] Que Ezequiel había curado.
[3] Syrah, Cabernet Sauvignon, Samsó.
