domingo, 15 de noviembre de 2015

Fragancias de membrillo

“Reconfórtenme con pasteles de pasas, reanímenme con manzanas, porque estoy enferma de amor”. “¡Que tus pechos sean como racimos de uva, tu aliento como aroma de manzanas y tu paladar como un vino delicioso, que corre suavemente hacia el amado, fluyendo entre los labios y los dientes!” (Cantar de los Cantares). 

Dicen que probablemente la manzana del "Cantar de los Cantares" realmente era un membrillo. El caso es que ayer trajo Isabel un saco lleno de este fruto (Gracias) de su finca (te dejo arriba una instantánea de una fuente llena de membrillos) y su aroma gratamente me transportó ipso facto a la linde de la huerta de la niñez, en la Ronda profunda y austera, década de los sesenta y setenta del siglo pasado, con la hilera de membrilleros a la orilla de la acequia y los otoñales días de recolección, ya entrada esa estación climática del hemisferio norte. 

A pesar de su astringencia, me encantaba hincar los dientes en su aromática pulpa, verificando la contractilidad de su sabor a la par que cerraba el ojo derecho, signo del aguante de lo astringente por las papilas gustativas. También recuerdo borrosamente que la fragancia se extendía durante meses, hasta bien entrado el invierno, por los íntimos rincones de la casa de mis padres. Finalmente, años después, década de los ochenta del siglo pasado, cuando semanalmente me trasladaba a Málaga para asistir a la universidad, vociferaba el vendedor por los pasillos del tren ¡Carne de membrillo de Puente Genil!

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