martes, 21 de mayo de 2013

El dilema monetarista

Cuenta José Manuel Roldán Hervás, en su “Historia de Roma” (pág. 86, Ediciones Universidad Salamanca), que en el siglo IV a.C., en el mundo de los negocios, Roma era un estado primitivo agrario en comparación con la Magna Grecia o Campania. Ni siquiera se utilizaba la moneda en sus transacciones.

Sin embargo, el contacto con los ambientes más desarrollados del sur de la península itálica desató en las mentes de los dirigentes patricio-plebeyos la idea de acuñación de moneda, hasta que ésta se convirtió en un instrumento económico imprescindible, a pesar de la resistencia de los políticos conservadores y de buena parte del rusticanam (campesinado), que consideraba a la monetæ (moneda) un juego francamente desastroso.

Curiosamente, la posterior caída del imperio, siglos después, favoreció que la “mercator genus” (clase de los comerciantes), se volcara durante parte de la Edad Media en la permuta o trueque, demostrando todo lo anterior la Ley de Goodhart, muchísimo antes de que ésta fuera concebida por su autor. Cabría reflexionar que si el peculio disfrutase de un principio ajustadamente privado, no se hubiera registrado ningún cambio. La cuestión radicaba en que un mercado cimentado en el trapicheo, canje o trueque es complejo, al tener que encontrar el que ofrece un producto o servicio a esa persona que necesita ese producto o servicio y que, a su vez, ofrece algo que interesa al primero. Hace unos meses, se escribía en The Economist, “On the origin of specie”, sobre el misterio del origen del dinero y de los beneficios que ese debate puede traer para solucionar los problemas de hoy.

El economista Carl Menger va en la misma línea que Roldán Hervás, al apuntar que la monetarización surge cuando las comunidades agrícolas cultural y económicamente "se cultivan a ellas mismas", especializándose y, por derivación, obteniendo dividendos en la eficacia, pero a costa de la obligada y periódica reciprocidad con terceros. Como he escrito en el segundo párrafo de este post, la acuñación de moneda no fue una decisión de los comerciantes para minimizar el costo del comercio, sino una acción intervencionista de la clase política. Lo anterior insinúa la nueva reflexión contenida en la “teoría Chartalista”, que nos lleva a un círculo vicioso y a lo que Manuel Conthe escribió en 1998 en El País: “El dilema de Goodhart” (fuente de la imagen: sxc.hu).

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