domingo, 1 de febrero de 2026

Microeconomía del regazo

Fuente de la imagen: mvc archivo propio
En el camino del Estadio de la Rosaleda al centro de Málaga, pasé por Martiricos, otrora sede de la Escuela Universitaria de Empresariales. Me detuve en un banco donde, cuando estudiábamos la Diplomatura (De corazón Diplomado; M. Velasco, 2007)[1], me echaba en el regazo de la amada y dormía profundamente, ajeno a los problemas macroeconómicos, microeconómicos y sociales de la España de la transición. Es fascinante cómo un simple "escaño" de madera puede actuar como un sismógrafo de la historia personal y nacional. Aquellos años ochenta en Martiricos, marcados por el aroma a fotocopia de apuntes y el eco de los pupitres universitarios, bullían con una energía cruda y contradictoria. España despertaba de un largo letargo, estirándose entre las promesas de la Transición y las incertidumbres de una reconversión industrial que dolía en los barrios. En aquel entonces, los problemas macroeconómicos[2] eran ruidos de fondo, nubarrones en un horizonte que se sentía, pese a todo, inabarcable. Dormir en el regazo de la amada sobre ese asiento era un acto de resistencia involuntaria: mientras la ciudad discutía su identidad entre el desencanto y la movida malagueña, encontraba en ese pequeño oasis de Martirícos la única soberanía que subjetivamente realmente importaba. El mundo podía estar reconfigurándose en los despachos de Madrid o Bruselas, pero la microeconomía del afecto, esa que no entiende de tipos de interés sino de sentimientos compartidos, era la que dictaba el latido de los sueños.

El viernes, al sentarme de nuevo en la banqueta, bajo el cielo nublado, percibí que el paisaje ha mutado hacia una verticalidad que reta la nostalgia; las torres de Martiricos vigilan ahora un entorno que ya no huele a fotocopia, sino a fibra óptica y apartamentos turísticos. La España de hoy navega en una polarización política que hace parecer a la de los ochenta un "debate de guante blanco", atrapada  ahora en una complejidad social donde la hiperconectividad ha eliminado el hábito de la escucha y el entendimiento. Ya no estudiamos para entender el mercado, sino para sobrevivir a algoritmos caprichosos y a una vivienda que parece un lujo de otra galaxia. Sin embargo, el sitio de descanso permanece como un testigo mudo, una reliquia de una época en la que el tiempo permitía la pausa. La parábola o reflexión es sencilla: el "escaño" no ha envejecido, solamente ha cambiado el peso de quienes lo ocupan. Antaño sostenía cuerpos colmados de futuro, hogaño aguanta espaldas cargadas de datos y prisa. Pero su esencia sigue siendo la misma: recordarnos que, ante el discurso salpicado de fake news y el ruido del social media, el único refugio real sigue siendo ese espacio mínimo donde dos personas deciden, por un instante, que el resto del universo puede esperar. El banco es el recordatorio de que la verdadera "Transición" no fue la de un régimen a otro, sino la que hacemos cada día de la angustia al consuelo, buscando un regazo donde los problemas del mundo, simplemente, dejen de existir. Fuente de la imagen: mvc.
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[1] Velasco-Carretero, Manuel (2007). De corazón Diplomado. Sitio visitado el 1/2/2026.
[2] La inflación galopante, el desempleo estructural de una juventud que quería comerse el mundo y la entrada en la Comunidad Económica Europea.