Recientemente he estado en el entierro de una persona del mundo empresarial malagueño, conocido a principios de este siglo y que ha fallecido después de una vida de 79 años, la mayor parte de ella dedicada a sus negocios.
De vuelta, comentaba con mi acompañante que no somos nada. Creemos que nos vamos a librar del final, pero éste llega a todo el mundo. También, ayer conocí la noticia de la muerte de Manuel Fraga que, creo, ha tenido un papel muy importante en la transición española; decían que en su cabeza entraba todo el Estado.
Al igual que con las personas, la muerte también acecha a las empresas, las cuales deben ser conscientes que su final tarde o temprano aparecerá y, en consecuencia, los directivos o líderes deben pensar en una hoja de ruta para la vejez, a modo de testamento empresarial.
Llega un momento en que la dirección debe plantearse el cierre del negocio, reordenar los activos, liquidar los pasivos y acomodar a su personal.
Tal vez, esa situación, a modo de ave fénix, es una oportunidad para comenzar algo nuevo a partir del entierro de la idea que tantas prebendas ha repartido a lo largo de su ciclo vital (imagen de gifanimados.org).





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